POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- No nos gusta su pelo.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Es muy difícil pronunciar su apellido.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Es mucho más difícil escribirlo y para una dirección de blog es complicadísimo. O sea, es anti popular.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Físicamente, Tenembaum lo tira a la mierda.

sábado, 1 de agosto de 2009

Ejercicio sobre medias con corazones

en 12:52 1 comentarios
Rodeamos la mesa donde se desparraman las cajas de ropa interior. Las abrimos como si fuéramos a descubrir nuestra propia intimidad y nos desviamos en comentarios sobre el encaje y los corpiños con aros. Hablamos también de que no es lo mismo besar a alguien de esa manera, largamente. Que por algo las prostitutas no lo hacen. Luego dudamos de si realmente es así. Y reímos. Sí. Reímos sintiéndonos estúpidas.
Y unos segundos después se escucha decir a alguien (no sé si fue mi voz) que es mejor no buscarle la vuelta a las cosas que no giran.
La que tiene flequillo pone el acento en el color de una vedettina y me hace saber que no le queda bien en su piel. Yo reparo en las cosas que van con la mía. Me detengo unos segundos en la mujer que posa en el catálogo y cambio de tema. Son las 7 de la tarde y no he tenido tiempo en pensar en el día anterior, en lo que dije y en las cosas pendientes en la oficina.
“Me voy a probar todo esto”, aviso en voz alta imaginándome desnuda en la casa de otro. Esa extraña forma de sacarme la ropa en un territorio extraño, corriendo el riesgo de que se me ponga la piel de gallina y verme demasiado pálida frente al espejo. Culpo a las lámparas de bajo consumo por mi aspecto de moribunda. Sólo por eso. No por sentirme cansada o cobarde.
El sábado me guía a un pasillo en busca de la habitación con espejo, pero una voz preguntando por medias me detiene. Retrocedo como esos viejos cassettes y espío a la dueña de casa. Ella descarga una bolsa de consorcio en el centro de la mesa, plagiando una montaña con ciento de medias.
Observo cómo las mujeres hablan del invierno. De si las medias no deberían ser más largas. Del porcentaje de algodón. Del estampado. De que con corazones no. Con rayas mejor.
Abandono el presagio de mi desnudez e imagino un cementerio de medias al pie de mi cama. Pienso en la manera que tengo de abandonarlas durante el sueño. Froto los pies, lo sé. Y después las empujo hacia el límite del colchón. Las desarraigo de mí con lo que me queda de oscuridad.
Durante la mañana la búsqueda dura más o menos 5 minutos, mientras en la radio dan las noticias.
La del flequillo compra unos 6 pares. Todos rayados. Uno para cada día. Los domingos no usa medias. Porque no. Porque prefiere que así sean las cosas.
Vuelven al asunto de los corazones en las medias. Que no les gustan en los pies. Las dejan a un lado como deshechos de la montaña. Algo que finalmente merece desbarrancarse hacia un costado de las conversaciones sobre lo conveniente, lo absurdo, lo que no puede ser.
Siento el impulso de ir por ellas. De rescatarlas del mal gusto y los prejuicios.
Aturdida, avanzo hacia la mesa. A la altura de mis caderas choco con una cabeza rubia, de unos 5 años. Me muestra un robot articulado. Me dice que lo armó pieza por pieza. Que no tiene nombre. Le digo que lo llame “Roberto”. Me responde que así se llama su papá y me pide que juegue con él. Dejo lo que iba a probarme a un lado y tomo el robot. Le pregunto cómo hizo para armarlo. Él me ofrece crear otro ahí mismo. Me muestra una caja de piezas sueltas y empezamos a buscar una cabeza, dos brazos del mismo color, una coraza, las piernas - “no, ésta no encaja. Ésta es mejor, mirá ”- y los pies.
Paso el tiempo encastrando piezas de plástico. Exagero mi asombro. Elijo el arma del robot: una espada de luces azules que titilan y nos hace sentir poderosos.
El jardín de la casa me devuelve la noche. Caigo en la cuenta de que las mujeres pasaron a la cocina. El tema de conversación ahora es acerca de la actriz que tuvo un accidente.
Le miro los pies al robot que hicimos y siento el escalofrío.
No sé nada de las medias.
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martes, 21 de julio de 2009

ay...

en 13:37 0 comentarios
Tengo tanto miedo con él.
Me concentro en la pantalla azul. Un primer plano sobre las aspas de un helicóptero me echa viento en los párpados. La actriz quiere arreglar su cabello, despejarlo de la cara y permanecer hermosa.
No. Ese plano americano no es el adecuado.
Me resigno en el sillón.
Buscando al héroe que me salve de él, abro la puerta.
Pienso que es necesario. Acepto la falsedad de los argumentos.
Dejo que las cosas se mueran así: con mi cuerpo descomponiéndose debajo de otro.
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sábado, 11 de julio de 2009

ya deberías haberlo aceptado (otra vez)

en 11:26 3 comentarios
Llegás a la oficina antes del mediodía y te encontrás con ella detrás del vidrio, arqueando su columna en el sillón giratorio.
Le preguntás como está.
Te dice que hoy se enteró que su madre va a morirse.
Vos no decís lo que se te viene a la cabeza.
No le decís: "cómo? no lo sabías?"
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sábado, 4 de julio de 2009

10% de descuento en tu tristeza

en 12:01 9 comentarios
Cuelga de su brazo un canasto donde duermen filetes de sábalo y una botella de vino que aplasta las verduras. La urgencia se le escurre entre el plástico, balanceándose en los pies.
Adivino que compró su abrigo en una mesa de saldos. Seguro es uno de esos hombres que guardan un peine en el bolsillo y vigilan su pelo en las vidrieras.
Él está delante de mí en la fila que formamos hacia la caja rápida. Somos una especie de hormigas que no soportan su propia carga y nos miramos con desconfianza.
Deberían poner esos carteles luminosos indicando el tráfico y la demora; advirtiendo el momento en que se convierten en cajas lentas. Así uno toma otro tipo de decisiones como por ejemplo, suspender la elección de los alimentos congelados dando un paseo por el sector de los electrodomésticos o la blanquería (acariciar las toallas buscando algo que provoque la epidermis, que la roce de manera amable. Detenerse en las fundas de almohadones y planear tener almohadones).
La espera es insoportable frente al estante de velas perfumadas y entonces el hombre urgente se da vuelta y quiere hablarme. Me recita parte de la constitución y los artículos sobre la defensa del consumidor. Habla de las horas que pierde la gente con la promesa del 10% de descuento. Que no deberíamos acostumbrarnos a eso.
Arrugo la cara y le muestro los dientes. Le digo que no tengo tiempo para hablar y que debo leer los códigos de barra de las cosas que llevo. Me pregunto en voz alta mientras revuelvo estúpidamente: Donde dejé la taza multicolor? ¿ Y los individuales de Charles Chaplin en oferta?
El hombre me muestra la espalda y deja caer sus palabras en el canasto.
Es un viernes tan frío, tan precario en el piso recién encerado. Abandonaría allí mis instintos, le pondría un precio accesible.
Luego dejaría todo lo que sé en los envases de vidrio a cambio de una sonrisa espontánea de la cajera. Deseo que su día franco caiga un domingo. Que ella pueda quedarse dormida después de coger. Que no recuerde, al menos por unas horas, el sonido de los tickets imprimiéndose y al idiota de su supervisor.
Avanzo hacia donde cuelgan las baterías y las hojas de afeitar. El hombre impaciente saca un peine del bolsillo de su saco y corrige el mechón que le cae sobre la oreja.

- Del otro lado también.

Él confía en mi y echa hacia atrás el otro mechón. Me agradece con una sonrisa.

- Usted no debería seguir esperando- susurra.

- Ya estamos, casi- le digo en voz alta. Lo más alta que puedo.

- Lleva demasiadas cosas impares. No se acostumbre a eso.

- Le toca- le señalo con el dedo la caja.

- Los individuales.

- Qué pasa con los individuales?

- No los lleve.

- Por qué?

- No es Chaplin. Y usted se dará cuenta recién cuando llegue a su casa.


Reviso uno de los plásticos. No es Chaplin.
Pienso en las cosas que no son. Busco las coordenadas de mi espera y miro hacia atrás. Noto la congestión de cuerpos hablando de política o de la pandemia. Cierro los ojos y recuerdo el miedo que siento cuando despierto en las mañanas. Las preguntas que me hago. Las plantas de los pies oscurecidas de tanto andar descalza. Los sonidos que salen de mí en posición horizontal.
Dejo caer la cesta de compras y busco la salida a la calle.
No quiero morirme ahí, entre las ofertas.
Y que no sepan a quien llamar.
Y que tapen mi cuerpo con bolsas impresas con el logo del supermercado.
Y que el hombre urgente salga bien peinado en los noticieros contándoles que habló conmigo.
Que no había imaginado otra muerte para mí.
Que no era Chaplin, por dios!
No era Chaplin.
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martes, 30 de junio de 2009

Te vieron juntando margaritas

en 13:18 3 comentarios
Un tema para que ahonden las chicas de los martes http://laschicasdelosmartes.blogspot.com/.
No sé cómo aún no tocaron el tema. Sí sé. Están boludeando por ahí en vez de actualizar el blog que tanto me gusta.

La noticia es un verdadero boom en los programas chimenteros junto con la pelea de Moria con Gasalla. Moria me cae tan mal como Nancy Duplá. Otra coincidencia que comparto con las chicas de los martes.

Bueno, vamos al grano. Cecilia está con Gonzalo. Él tiene unos 20 años menos que ella (algunos hablan de 27). Muy lindo pibe. Ella, una de las actrices más talentosas de nuestro país y muy bien “conservada”.

La gente que tiene programas que resumen a los que vienen antes (una estupidez total. Ya nadie se pierde nada en favor de la repetición) opinan que Cecilia es una maestra.

Gonzalo parece inteligente. Es buen actor y modelo. Abandonó a su novia de años ni bien tuvo éxito. Otro tema ya repetido en el blog de mis amigas personales. Casos como el de Nicolás Vázquez o Facundo Arana son emblemáticos.

Ahí lo tenés a Gonzalito creyendo en instituciones. Comiéndose un personaje, pero de unos 40 y pico de años que actúa en un unitario de Polka. Ya le armó un quilombo bárbaro con los vecinos, porque le estaciona el auto en la puerta del garage del edificio. Eso es imperdonable.

Mis felicitaciones a Cecilia. Aunque esta historia termine con él en otra tapa de revista besándose con la actriz protagonista de su próxima novela y ella saliendo de su casa con anteojos oscuros, jogging rosa y cara de orto (alguien lo duda? eh?).

Pero igual no veo el problema. Todos terminamos sufriendo por alguien. Y como dice Lorrie Moore en uno de sus mejores cuentos: “Tarde o temprano te va para la mierda”.


(De algunos lugares habrá que irse temprano. En otros habrá que aplastar el reloj y despertarse tarde, a eso de las 4 pm.)
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viernes, 26 de junio de 2009

morirse en los semáforos

en 1:24 4 comentarios
Siento el frio entre el algodón y la lana, justo en las costuras que no se ven. Nada parece abrigarme demasiado en estas latitudes. Entonces comienzo a correr. Lo hago desesperadamente, como si alguien estuviera persiguiéndome. Pienso que quiere alcanzarme para decirme algo que ya sé; unas cuantas cosas sobre la vida que llevo.
Podría dejar que se ponga a la altura de mis tímpanos y escuchar sus razones agitadas. Notar la dilatación de las venas en su garganta recitando a borbotones las traducciones al español de un filósofo de la India.
Eso aceleraría mi carrera. Llenaría mis pulmones de tristeza y atravesaría el parque con los puños apretados, estrellándolos con violencia en la atmósfera.
Me concentro en la sendas peatonales. En el impacto sobre las rodillas. En las chances de evitar una muerte absurda, golpeándome la cabeza sobre el cordón que me separa de los autos.
Moriría pensando en él. En cómo se ríe sin mi (esa sonrisa maravillosa que me sé de memoria). En la muerte de mi nombre de pila en su agenda, cuando apenas comenzó el otoño.
Tomo aire por la nariz y lo escupo ensayando un silbido para perros. Comprendo que debo atravesar la calle de los silos. Adivino las distancias que sobran.
Una ambulancia se detiene a unos metros.
La gente muere cerca de los semáforos. Ahí donde se distrae.
Eso lo sabe también el que quiere explicarme este mundo.
A mi no me gusta nada.
Pienso que es una verdadera mierda.
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sábado, 20 de junio de 2009

Las metáforas no sirven para nada

en 14:58 11 comentarios

Junta los restos de los azulejos. Los pone sobre la mesa. Llora de una manera extraña, como esperando que aparezca la tristeza de verdad.
La tormenta pierde de la canilla y moja el aluminio. Ella no se detiene y elige una canción que vuelve a empezar con las luces apagadas.
Canta.
Descubre arrugas en los ojos.
Cierra la ventana.
Grita en el estribillo.
Respira la humedad del sábado.
Espera calmarse, dejar de temblar.
Se olvida la letra.
Mira hacia el comedor y descubre la ausencia del mantel.
Se pierde.
Busca entre la ropa de invierno.
Pone los brazos alrededor de su vientre.
Escribe en la pared del baño: “necesito a alguien con quien hablar”.
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jueves, 4 de junio de 2009

Deberías probar con otra marca

en 13:08 11 comentarios



Él le dijo a ella que le llevó 37 años encontrarla. Lo dijo delante de nosotros y en voz alta.
Fue maravilloso.
Habían pasado algunos minutos de la 1 de la tarde y ellos nos mostraban sus omóplatos agitados, tal vez por la emoción. O quizá por el viento.
Amplificaron su juramento frente a una mujer rubia con micrófono.
El río no representaba ninguna amenaza. Lo podíamos ver desde lo alto. Mi amiga y yo no coincidimos en la apreciación del color pero sí en su movimiento.
Se pusieron anillos de plástico. El de él tenía luces.
Ella tenía hoyuelos en las mejillas, pequeñas zanjas donde se desmoronaba su forma de llorar. Parpadeó una, dos, tres veces y le dijo: “Te amo, incluso mientras duermo”.
Y entonces aplaudimos la ocurrencia.
El violinista de la izquierda no alcanzó a atrapar la partitura y debió tocar de memoria.
Hundí el taco en el pasto y pensé en el amor. En lo incómodo que es a veces. En lo mullido y blando también. En la posibilidad de que el taco se hunda y se llene de barro. En eso de perder el equilibrio.
Hablé con mi amiga sobre la posibilidad de que los músicos desafinen al sol.
Ella me contestó que le parecía que había crecido unos centímetros antes de ponerse los zapatos y que ahora podía ver las cosas de otra manera. Y entonces dijo:

-El amor al mediodía es amor de verdad.

La miré.
Abrí los ojos y la boca.
Quedé así un rato.

Como 5 minutos.

Tal vez 6.

Después le pregunté:

- Por qué dijiste semejante pelotudez?

- Qué cosa?

- Lo del amor al mediodía.

- No sé… Salió así, qué se yo. Supongo que por los anillos de plástico.

Le sonreí a la moza que me ofrecía bruschetas. Y entonces pensé en Tupperware. En un envase gigante y resistente al microondas.
Un lugar donde pueda sentirme segura por un rato. Donde haya personas predecibles y además llueva cuando lo anuncien.
Donde las agencias de lotería sean un absurdo y los resultados de todas las cosas sean los esperados.
Donde la mejor amiga de la novia atrape el ramo.
Donde la cirugía de mis tendones no se interprete como el ensayo de un suicidio.
Quiero, por un rato, polímeros en la sangre en vez de glóbulos.
Y convertirme en un superhéroe irresponsable. Capaz de romper el plástico. Hacerlo explotar a la hora del postre y ponerme el sombrero.
Desfigurarme en el baile carioca cantando el estribillo en un portugués incomprensible.
Desentenderme. Y buscar el amor entre la gente que agita sonajeros en forma de ananá.
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martes, 26 de mayo de 2009

Mañana no debe seguir siendo esto (*)

en 12:10 5 comentarios



- ¿En qué pensás?

Es una pregunta disparada sobre la curva ascendente de mi boca.
Tengo el blanco en la cabeza, una pupila condensada en el cerebro. Lo miro y no opino sobre la mielina y los neurotransmisores.

- En nada.

A veces el mundo mide el ancho de una cama de 2 plazas.
El está ahí un tiempo. Desata los dedos y los pone en mi espalda. La trata como a un piano. Dibuja un pentagrama en las vértebras y susurra el estribillo de una canción.
Dejo que eso suceda despacio.
En unos segundos voy a decirle algo gracioso y distraerá las uñas sobre mí. La risa le va a temblar en el cuerpo y va a ser contagioso.
Aún así, no puedo decir que seamos felices.

- Me tengo que ir
- Bueno.

Tomo impulso con los brazos. Me visto prestando atención en las costuras. Aliso el pelo con la mano abierta y voy hacia la puerta sabiendo que las llaves están colgando de la cerradura.
El ascensor es tan predecible como nosotros en el pasillo.
Me pregunto sobre mis intenciones de besar a alguien de madrugada. Ser tan íntimos en la calle es una contradicción que ambos soportamos.
En pocos minutos, retomo la posición horizontal. Puedo ver la manera en que las nubes amenazan el feriado. Un contraste deforme sobre los edificios transpirados.
Debajo de los párpados, sueño con morirme junto con el mes de mayo.
Este año sucederá un domingo.


(*) gabo ferro

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sábado, 11 de abril de 2009

Corín Tellado: que te pasó? (*)

en 19:01 7 comentarios
La noticia de que Corín Tellado murió hizo que yo volviera sobre el asunto. Soy parte de una generación arruinada por ella y su imaginación.
En un diario español dicen que es la autora más leída luego de Cervantes y que escribió cuatro mil novelas rosadas. Cuatro mil… increíble.
Recuerdo las tardes de lectura sobre la alfombra. Apoyaba mi espalda de 14 años de antigüedad sobre uno de los bordes de la cama mientras sostenía el libro esperando llegar a la parte en donde ella, la protagonista, se acostaba con él.
Una se encontraba con una extensa descripción de cómo era tener sexo con un hombre que no fuera tu marido. Y era maravilloso.
En esa época, Grecia Colmenares era ciega y daba muy pocos besos. Las películas que pasaban en los canales oficiales mostraban a la mujer con los hombros descubiertos y el pelo revuelto. Entonces Corín era para mi la puerta al sexo, a eso que ocurría debajo de las sábanas y sin corpiño. Hablaba de movimientos, de cuerpos entrando en coordinación y de explosiones.
Yo disparaba mi imaginación sobre mi esqueleto. Pensaba que no podía doler tanto algo así, que no tenía por qué tener miedo y deseaba que finalmente sucediera con alguien que tuviera el pelo oscuro y que sepa tocar la guitarra. Él metería su lengua en mi boca y entonces haría lo que sabe hacer.
Por supuesto, nada de eso me sucedió.
Entonces odié a Corín.
Ella nos aseguraba que los hombres querrían casarse luego de tenernos en la cama. Que una se enamoraría sin problemas y que la cosa no podía pasar por otro lado que no sea por un final feliz.
Ahora me entero que ella no se casó con el hombre que amaba. Y que su visión de las cosas era, al menos, irónica. Ella dijo una vez que “las mujeres paren y los hombres mean contra la pared, eso es todo. Yo hago hombres estupendos, sensibles".
¿Que te pasó Corín?
Acaso no mediste las consecuencias?
Cómo es posible que no hayas querido hablar de otra cosa?
Que no tengas otro color en tus libros?
¿Por qué no hablaste de eso? De hombres meando, de mujeres pariendo, de amores que no se concretan, de mujeres paranoicas, de hombres histéricos, de personas que no entran en coordinación en la cama y que además huelen mal?
Por eso Corín, porque preferiste obviar esas cosas, es que te hago culpable de mis fantasías abandonadas.
De la decepción que sentí cuando el no me llamó después de acostarnos varias veces.
De mi insistencia en imaginar diálogos en español antiguo.
De las tardes en las que lloré, recordando que en tu libro los tipos se daban cuenta y volvían.
Tuviste cuatro mil oportunidades para decirme algo diferente.
Cuatro mil, Corín.
Y no lo hiciste.






(*) Los diarios del mundo la tienen en sus principales titulares. Hoy, a los 81 años, murió Corín Tellado.
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martes, 7 de abril de 2009

ya deberías haberlo aceptado

en 0:44 2 comentarios
Ella irá hasta el pueblo donde nació. El cuerpo helado de alguien que jugó con ella y su hermana ya no la espera. Antes, ese cuerpo se acordaba de su cumpleaños y una vez le regaló un par de medias envueltas en papel de diario.
Tiene el pelo oscuro y me habla serenamente de las cosas que debo pagar. Me indica la dirección del banco y abre sus ojos para acentuar las palabras, me dice que todo estará bien si no puedo ir. Que ella se ocupará la semana entrante.
Veo los surcos que le dejaron las lágrimas en el cuello y le digo que iré mañana temprano. Que no tengo problema. Intento ponerme en el lugar de ella, pero no puedo. Apenas me paro en su sombra y hago el equilibrio necesario para mantenerme unos segundos.
Cuenta los kilómetros desplazando el flequillo hacia la derecha y me dice que llegará a la madrugada. Que lleva abrigo y agua caliente. Que la ruta es oscura. Que las luces, que los neumáticos, que el freno, que los cambios… todo eso está en perfecto estado.
Pero que lo demás: la casa donde iban a visitarla, el patio, la ropa recién colgada, la abuela que no entiende, las deudas en el almacén, el perro que no come, el anillo… todo ello es doloroso. Que lo siente sobre los músculos.
Me dice que hay luna llena. Que el mundo funciona así, de la misma manera siempre; que no importa si alguien se muere. Pero que ella lo nota ahora, cuando las cosas pasan lento y por fuera.
Yo cierro los ojos y presiono sobre el pulgar la llave que antes abrió la puerta.
Le digo que tenga buen viaje. Que me llame.
Ella mueve la cabeza asintiendo. Adivina que lo de la llamada es un reflejo de lo que no sé decir. Que pido que me llame para no hablar de las muertes prematuras, ni de aquellas que uno espera.
Me abraza y me pide que me cuide. Del otoño, tal vez.
O del tráfico.
O de los cortes de luz.
O de los golpes de suerte.
O de esta noche que se vacía dentro de mi y me deshidrata hasta el insomnio mientras programo el reloj despertador.
Puedo anticipar lo que sucederá mañana: ella estará en el cementerio a la hora en que yo pague las expensas.
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sábado, 28 de marzo de 2009

HULK

en 13:59 5 comentarios


El consorcio se reunió en la planta baja y acordó poner rejas al frente sin consultarme. Los inquilinos somos mayoría, pero en cuestiones como éstas quienes deciden el encierro son los dueños de las cosas.
Volviendo de un viaje, me encontré con un cuadriculado verde y un candado suspendido del lado derecho. La razón del repentino aislamiento no era la ola de inseguridad de la que habla Susana Gimenez, sino el colegio privado que se levanta todas las mañanas del otro lado de la calle.
A los niños ricos con escudos bordados siempre les gustó sentarse en las escaleras del ingreso del edificio en donde vivo. Allí juegan a las cartas, fuman, dejan olvidadas sus lecciones en el descanso y se besan.
Pero la propiedad privada odia a los adolescentes que creen que pueden apoderarse de los espacios gratuitamente. Y entonces pinta de verde al encierro, una especie de Increible Hulk sólido y eterno que los detenga con sólo permanecer ahí.
Para mi alegría, eso no dio resultado. Deberían saber los propietarios de los semipisos al frente y contrafrente, que cuando tenés el 1 delante de tu edad, las rejas sólo sirven para atravesarlas.
Una chica rubia come un alfajor sentada en uno de los escalones. Levanta su cabeza y me mira fijamente. Se arrastra hacia la pared y me dice: “pasá”. Agradezco la orden. En definitiva yo necesitaba eso: pasar.
Me detengo en la imagen de cómo cuelgo la ropa para que se seque al sol. La pongo de revés, del lado de la costura; la obligo a permanecer en las bambalinas. Y entonces confirmo que esa situación, la de la quinceañera dándome la orden, es la forma exacta en cómo se dan vuelta las cosas. El consorcio quiso que ella quedara del lado de la vereda y ahora la rubia toma la actitud de un patovica que me permite la entrada.
Antes de abrir la puerta regreso hasta donde está ella. Busco en la cartera y saco un viejo ticket de un recital y se lo doy. Ahora siento que las escena está completa.
No dejo de pensar en el candado. La reja permanece abierta. Me asusta la idea de que está allí a punto de cerrarse. Los vecinos con lo que hablo me dicen que no tienen la llave. Pienso en las malas inversiones. En la estupidez de los dueños y en la posibilidad de destruir el monstruo de hierro mientras ellos duermen lejos del balcón.
No tengo con quien discutir este tipo de cosas. Sueño con convertirme en una terrorista de las ideas infames: de los detectores de robo en los supermercados, de los cines que quedan lejos, de los discursos largos, de los sillones incómodos, de los baños públicos abandonados, de las salas de espera, del helado de sambayón.
Abandono insomne la idea en el cuarto piso. El celular suena cerca de mis caderas ambulantes y entonces no cierro bien la puerta del ascensor.
Una voz me dice que él quiere hablarme. No alcanzo a responder y presiono con el pulgar la tecla que corta la comunicación. Imagino la reja sobre él, sobre lo que nos pasó; adyacente a la forma en que se rió la última vez que lo vi; aplastando los besos breves de una despedida cierta; provocando interferencias sobre la canción que escuché mientras recogía los restos de la noche anterior.
Decido volver a la calle para respirar el sol sobre el pavimento. Mientras mis plataformas descienden la escalera, la rubia da el último trazo con tinta blanca sobre Hulk.
Leo la frase y le sonrío. Ella me mira con desaprobación y me da la espalda mientras expulsa su cuerpo hacia la vereda. El mediodía está donde ella lo busca.
Yo quedo del lado de adentro y veo un mundo fragmentado en mil pedazos. Pienso en que ella quiso vengarse de todos los que vivimos en el edificio. Su resentimiento tiene letras blancas y deformes.
Mis vecinos no saben que la rubia es feliz sobre este mármol escalonado. Ella escribió justo sobre la amenaza de la tristeza que se viene. Cuando se cierre la reja, deberá dejar los recuerdos adentro. La llave la tienen los otros y ella lo sabe.
El celular suena de nuevo. Decido no contestar. Mi cuerpo ya no puede enamorarse de él; entonces lo acomodo en uno de los escalones y dejo las piernas estiradas en caída libre hacia la salida.
Me gustaría contarle a la rubia que cosas como esas se oxidan. Y que así es la vida.
Pero ella me odia ahora. Tal vez más adelante. Tal vez en primavera.
Mis rodillas lastimadas asoman debajo de la pollera, mostrándome la consecuencia de mis caídas. Reconsidero la posibilidad de exhibirlas mientras fijo la mirada sobre Hulk y leo de a una letra por vez con la furia necesaria: “putos de mierda”.
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