POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- No nos gusta su pelo.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Es muy difícil pronunciar su apellido.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Es mucho más difícil escribirlo y para una dirección de blog es complicadísimo. O sea, es anti popular.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Físicamente, Tenembaum lo tira a la mierda.

domingo, 20 de septiembre de 2009

la bailarina del gimnasio con gradas azules

en 23:09 7 comentarios
Viste cómo hace ella con los pies? Cómo baila ahí, en el centro de ese universo de gradas azules?
Cómo estira el cuerpo hacia adelante y recita en voz baja una poesía?
Cómo dice: "voy a rascarme la piel debajo de la piel"?
Cómo grita cuando le duelen las manos y descubre los huesos de las falanges, los más chiquitos, los que se doblan fácilmente para que ella pueda cubrirse la cara y llorar ahí adentro, entre los dedos?
Deberías estar atento. Ella no está bien. Hace días que no está bien.
Se balancea. Estira el cuello hacia un lado y hacia el otro.
Hacia un lado y hacia el otro.
Pega un salto a lo largo, uno igual al de los atletas de las olimpíadas, pero con más gracia. Y cae.
Se sacude en el parquet y se detiene boca arriba, agitada.
Mira hacia el techo y no ve otra cosa que antorchas eléctricas iluminándole el vestido.
Despliega los brazos a los costados. Apoya toda la espalda. Recita otra parte de la misma poesía.
La escuchás? Podés oír eso del abismo? Hay una parte incomprensible, si. Pero en seguida continúa con lo del cuerpo. Dice que le quedan solamente los huesos y los órganos después de que él la llena de líquido en un grito.
Y entonces se duerme.
La ves dormida?
Sueña el drama de esa noche en la que se desbordó sobre el colchón y cayó en picada 1500 metros hasta la alfombra. Y luego aparecen esos hombres y esas mujeres a los que les acepta como un animal hambriento las sobras de los fines de semana.
Se dobla sobre sí misma, como un arte japonés, cuando le llegan las imágenes de lo que no acepta aún: que su madre esté enferma, que su hermana no le importe, que su útero no se llenará de hijos.
Ves como tiembla?
Se espanta.
Y entonces se mueve despacio. Primero se pone en cuclillas y después se iza a si misma con los brazos en alto.
Empieza a bailar. Da vueltas.
Ves entonces lo que hace ella con los pies desnudos?
Acaso ves los zapatos a un costado?
No los ves?
No?

No?
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lunes, 7 de septiembre de 2009

antes de eso y después de eso

en 0:35 8 comentarios
Una tarde, estando casada, corrí a la habitación donde mi esposo estaba durmiendo y lo desperté.
Me lancé al hemisferio izquierdo de la cama y empecé a llorar desesperadamente.
Él, aturdido, levantó su cabeza y me preguntó en voz alta qué me pasaba, por qué lloraba. Si alguien había muerto.
Yo le dije estoy tan triste, tan triste.
Él insistía con eso de la muerte de algún familiar o de un accidente fatal en la ruta. Eso me entristecía más.
Moví la cabeza de un lado a otro. La hice tambalear diciendo No varias veces. Entonces él me abrazó fuerte. Empujó mi cabeza contra su pecho al punto de ahogarme. Mi boca había quedado abierta y aprisionada en un territorio ajeno; apenas un agujero, una claraboya que arrojaba luz sobre la epidermis de un hombre conocido.
Corrió mi pelo hacia atrás, alejándolo de la humedad. Puso sus manos sobre mis ojos. Los arrasó, dejándome ciega. Y luego me dijo que ya pasaría.
Mi cuerpo sangró esa tarde. Una hemorragia púrpura llegó a teñirme los dedos de los pies. Y yo, tan llena de coágulos, subí al primer piso de la casa a juntar la ropa y ponerla en cajas de cartón.
Luego de eso, comencé a tener pesadillas. Traicioné cada una de ellas.
Poco después, tuve sueños. Que no se cumplan, ahora pienso, que no se cumplan no es el verdadero problema.
El problema es otro.
Pero no quiero decirlo.
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viernes, 4 de septiembre de 2009

Sobre Montevideo

en 10:02 1 comentarios
Giré la cabeza y noté los pies de él en los suburbios del colchón, a centímetros de perder las uñas en la alfombra. Su cuerpo es larguísimo y yo lo recorrí entero unas horas antes. Le puse la lengua en los omóplatos. La dejé ahí, estacionada en un lunar, mientras con el dedo índice acaricié su mundo desmayado de excusas y huesos.
En esa habitación de hotel (un hotel que ofrecía lustrarnos gratis los zapatos) la felicidad tenía los ojos hinchados. Esa rara inflamación en la manera de ver las cosas que tienen los turistas recién llegados. Habíamos sido amables con el color rosa en las paredes y la obsesión por los tulipanes. Exhalamos euforia mientras llenábamos los formularios de ingreso. Y teníamos hambre en el feriado y en nuestros apellidos. En todo lo que declaramos ser.
Montevideo tiene una ciudad vieja y otra más vieja aún. El primer día cruzamos la plaza y subimos una escalera, mutando en cenizas de ese espiral que nos llevó a una antigua habitación con una pila de libros que no podían comprarse. Allí pusieron unas mesitas con velas y dejaron que un hombre joven tocara la guitarra y le cantara a la mujer que no se fue.
Nos miramos con los párpados izados y pusimos la felicidad a remojar en la botella de cerveza. Una estrategia premeditada para que las cosas duren un poco más.
En los márgenes de esa eternidad y desde el revés de nosotros, asomó un suéter fucsia que abrigaba a una chica con el pelo ondulado. Ella comenzó a bailar e improvisar el estribillo junto al guitarrista. Y entonces caímos rendidos. Nos enamoramos de ellos por primera vez y unos minutos después, en la canción siguiente, lo hicimos de nuevo.
Pensé en las formas extrañas de la felicidad. En el vitreaux ovalado que fotografió unas 20 veces desde diferentes ángulos. En la comida demasiado condimentada. En el vino espumante. En los mozos que fuman mientras esperan al chef. En sus pies.
A él le sobran los pies. Se le salen del colchón como resortes que no resisten el peso de los dos.
En esta habitación el reloj está adelantado media hora y eso para la lluvia es indiferente.
No lo es para nosotros.
Y entonces él deja de soñar. Y se despierta.
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jueves, 6 de agosto de 2009

sobre ataduras

en 23:51 0 comentarios
Hoy quiero dormirme temprano.
Pero vos decis algo que me da insomnio.
Decís que somos como esos artistas del circo.
Contorsionistas, si.
Que somos eso.
Y te reís.
Y yo, como siempre, me rio.
Como si fuera vital para los dos que yo también me ría.
Decís otra vez, que somos asi.
Tan idiotas...
que nos atamos los pies para no escaparnos.
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sábado, 1 de agosto de 2009

Ejercicio sobre medias con corazones

en 12:52 1 comentarios
Rodeamos la mesa donde se desparraman las cajas de ropa interior. Las abrimos como si fuéramos a descubrir nuestra propia intimidad y nos desviamos en comentarios sobre el encaje y los corpiños con aros. Hablamos también de que no es lo mismo besar a alguien de esa manera, largamente. Que por algo las prostitutas no lo hacen. Luego dudamos de si realmente es así. Y reímos. Sí. Reímos sintiéndonos estúpidas.
Y unos segundos después se escucha decir a alguien (no sé si fue mi voz) que es mejor no buscarle la vuelta a las cosas que no giran.
La que tiene flequillo pone el acento en el color de una vedettina y me hace saber que no le queda bien en su piel. Yo reparo en las cosas que van con la mía. Me detengo unos segundos en la mujer que posa en el catálogo y cambio de tema. Son las 7 de la tarde y no he tenido tiempo en pensar en el día anterior, en lo que dije y en las cosas pendientes en la oficina.
“Me voy a probar todo esto”, aviso en voz alta imaginándome desnuda en la casa de otro. Esa extraña forma de sacarme la ropa en un territorio extraño, corriendo el riesgo de que se me ponga la piel de gallina y verme demasiado pálida frente al espejo. Culpo a las lámparas de bajo consumo por mi aspecto de moribunda. Sólo por eso. No por sentirme cansada o cobarde.
El sábado me guía a un pasillo en busca de la habitación con espejo, pero una voz preguntando por medias me detiene. Retrocedo como esos viejos cassettes y espío a la dueña de casa. Ella descarga una bolsa de consorcio en el centro de la mesa, plagiando una montaña con ciento de medias.
Observo cómo las mujeres hablan del invierno. De si las medias no deberían ser más largas. Del porcentaje de algodón. Del estampado. De que con corazones no. Con rayas mejor.
Abandono el presagio de mi desnudez e imagino un cementerio de medias al pie de mi cama. Pienso en la manera que tengo de abandonarlas durante el sueño. Froto los pies, lo sé. Y después las empujo hacia el límite del colchón. Las desarraigo de mí con lo que me queda de oscuridad.
Durante la mañana la búsqueda dura más o menos 5 minutos, mientras en la radio dan las noticias.
La del flequillo compra unos 6 pares. Todos rayados. Uno para cada día. Los domingos no usa medias. Porque no. Porque prefiere que así sean las cosas.
Vuelven al asunto de los corazones en las medias. Que no les gustan en los pies. Las dejan a un lado como deshechos de la montaña. Algo que finalmente merece desbarrancarse hacia un costado de las conversaciones sobre lo conveniente, lo absurdo, lo que no puede ser.
Siento el impulso de ir por ellas. De rescatarlas del mal gusto y los prejuicios.
Aturdida, avanzo hacia la mesa. A la altura de mis caderas choco con una cabeza rubia, de unos 5 años. Me muestra un robot articulado. Me dice que lo armó pieza por pieza. Que no tiene nombre. Le digo que lo llame “Roberto”. Me responde que así se llama su papá y me pide que juegue con él. Dejo lo que iba a probarme a un lado y tomo el robot. Le pregunto cómo hizo para armarlo. Él me ofrece crear otro ahí mismo. Me muestra una caja de piezas sueltas y empezamos a buscar una cabeza, dos brazos del mismo color, una coraza, las piernas - “no, ésta no encaja. Ésta es mejor, mirá ”- y los pies.
Paso el tiempo encastrando piezas de plástico. Exagero mi asombro. Elijo el arma del robot: una espada de luces azules que titilan y nos hace sentir poderosos.
El jardín de la casa me devuelve la noche. Caigo en la cuenta de que las mujeres pasaron a la cocina. El tema de conversación ahora es acerca de la actriz que tuvo un accidente.
Le miro los pies al robot que hicimos y siento el escalofrío.
No sé nada de las medias.
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martes, 21 de julio de 2009

ay...

en 13:37 0 comentarios
Tengo tanto miedo con él.
Me concentro en la pantalla azul. Un primer plano sobre las aspas de un helicóptero me echa viento en los párpados. La actriz quiere arreglar su cabello, despejarlo de la cara y permanecer hermosa.
No. Ese plano americano no es el adecuado.
Me resigno en el sillón.
Buscando al héroe que me salve de él, abro la puerta.
Pienso que es necesario. Acepto la falsedad de los argumentos.
Dejo que las cosas se mueran así: con mi cuerpo descomponiéndose debajo de otro.
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sábado, 11 de julio de 2009

ya deberías haberlo aceptado (otra vez)

en 11:26 3 comentarios
Llegás a la oficina antes del mediodía y te encontrás con ella detrás del vidrio, arqueando su columna en el sillón giratorio.
Le preguntás como está.
Te dice que hoy se enteró que su madre va a morirse.
Vos no decís lo que se te viene a la cabeza.
No le decís: "cómo? no lo sabías?"
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sábado, 4 de julio de 2009

10% de descuento en tu tristeza

en 12:01 9 comentarios
Cuelga de su brazo un canasto donde duermen filetes de sábalo y una botella de vino que aplasta las verduras. La urgencia se le escurre entre el plástico, balanceándose en los pies.
Adivino que compró su abrigo en una mesa de saldos. Seguro es uno de esos hombres que guardan un peine en el bolsillo y vigilan su pelo en las vidrieras.
Él está delante de mí en la fila que formamos hacia la caja rápida. Somos una especie de hormigas que no soportan su propia carga y nos miramos con desconfianza.
Deberían poner esos carteles luminosos indicando el tráfico y la demora; advirtiendo el momento en que se convierten en cajas lentas. Así uno toma otro tipo de decisiones como por ejemplo, suspender la elección de los alimentos congelados dando un paseo por el sector de los electrodomésticos o la blanquería (acariciar las toallas buscando algo que provoque la epidermis, que la roce de manera amable. Detenerse en las fundas de almohadones y planear tener almohadones).
La espera es insoportable frente al estante de velas perfumadas y entonces el hombre urgente se da vuelta y quiere hablarme. Me recita parte de la constitución y los artículos sobre la defensa del consumidor. Habla de las horas que pierde la gente con la promesa del 10% de descuento. Que no deberíamos acostumbrarnos a eso.
Arrugo la cara y le muestro los dientes. Le digo que no tengo tiempo para hablar y que debo leer los códigos de barra de las cosas que llevo. Me pregunto en voz alta mientras revuelvo estúpidamente: Donde dejé la taza multicolor? ¿ Y los individuales de Charles Chaplin en oferta?
El hombre me muestra la espalda y deja caer sus palabras en el canasto.
Es un viernes tan frío, tan precario en el piso recién encerado. Abandonaría allí mis instintos, le pondría un precio accesible.
Luego dejaría todo lo que sé en los envases de vidrio a cambio de una sonrisa espontánea de la cajera. Deseo que su día franco caiga un domingo. Que ella pueda quedarse dormida después de coger. Que no recuerde, al menos por unas horas, el sonido de los tickets imprimiéndose y al idiota de su supervisor.
Avanzo hacia donde cuelgan las baterías y las hojas de afeitar. El hombre impaciente saca un peine del bolsillo de su saco y corrige el mechón que le cae sobre la oreja.

- Del otro lado también.

Él confía en mi y echa hacia atrás el otro mechón. Me agradece con una sonrisa.

- Usted no debería seguir esperando- susurra.

- Ya estamos, casi- le digo en voz alta. Lo más alta que puedo.

- Lleva demasiadas cosas impares. No se acostumbre a eso.

- Le toca- le señalo con el dedo la caja.

- Los individuales.

- Qué pasa con los individuales?

- No los lleve.

- Por qué?

- No es Chaplin. Y usted se dará cuenta recién cuando llegue a su casa.


Reviso uno de los plásticos. No es Chaplin.
Pienso en las cosas que no son. Busco las coordenadas de mi espera y miro hacia atrás. Noto la congestión de cuerpos hablando de política o de la pandemia. Cierro los ojos y recuerdo el miedo que siento cuando despierto en las mañanas. Las preguntas que me hago. Las plantas de los pies oscurecidas de tanto andar descalza. Los sonidos que salen de mí en posición horizontal.
Dejo caer la cesta de compras y busco la salida a la calle.
No quiero morirme ahí, entre las ofertas.
Y que no sepan a quien llamar.
Y que tapen mi cuerpo con bolsas impresas con el logo del supermercado.
Y que el hombre urgente salga bien peinado en los noticieros contándoles que habló conmigo.
Que no había imaginado otra muerte para mí.
Que no era Chaplin, por dios!
No era Chaplin.
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martes, 30 de junio de 2009

Te vieron juntando margaritas

en 13:18 3 comentarios
Un tema para que ahonden las chicas de los martes http://laschicasdelosmartes.blogspot.com/.
No sé cómo aún no tocaron el tema. Sí sé. Están boludeando por ahí en vez de actualizar el blog que tanto me gusta.

La noticia es un verdadero boom en los programas chimenteros junto con la pelea de Moria con Gasalla. Moria me cae tan mal como Nancy Duplá. Otra coincidencia que comparto con las chicas de los martes.

Bueno, vamos al grano. Cecilia está con Gonzalo. Él tiene unos 20 años menos que ella (algunos hablan de 27). Muy lindo pibe. Ella, una de las actrices más talentosas de nuestro país y muy bien “conservada”.

La gente que tiene programas que resumen a los que vienen antes (una estupidez total. Ya nadie se pierde nada en favor de la repetición) opinan que Cecilia es una maestra.

Gonzalo parece inteligente. Es buen actor y modelo. Abandonó a su novia de años ni bien tuvo éxito. Otro tema ya repetido en el blog de mis amigas personales. Casos como el de Nicolás Vázquez o Facundo Arana son emblemáticos.

Ahí lo tenés a Gonzalito creyendo en instituciones. Comiéndose un personaje, pero de unos 40 y pico de años que actúa en un unitario de Polka. Ya le armó un quilombo bárbaro con los vecinos, porque le estaciona el auto en la puerta del garage del edificio. Eso es imperdonable.

Mis felicitaciones a Cecilia. Aunque esta historia termine con él en otra tapa de revista besándose con la actriz protagonista de su próxima novela y ella saliendo de su casa con anteojos oscuros, jogging rosa y cara de orto (alguien lo duda? eh?).

Pero igual no veo el problema. Todos terminamos sufriendo por alguien. Y como dice Lorrie Moore en uno de sus mejores cuentos: “Tarde o temprano te va para la mierda”.


(De algunos lugares habrá que irse temprano. En otros habrá que aplastar el reloj y despertarse tarde, a eso de las 4 pm.)
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viernes, 26 de junio de 2009

morirse en los semáforos

en 1:24 4 comentarios
Siento el frio entre el algodón y la lana, justo en las costuras que no se ven. Nada parece abrigarme demasiado en estas latitudes. Entonces comienzo a correr. Lo hago desesperadamente, como si alguien estuviera persiguiéndome. Pienso que quiere alcanzarme para decirme algo que ya sé; unas cuantas cosas sobre la vida que llevo.
Podría dejar que se ponga a la altura de mis tímpanos y escuchar sus razones agitadas. Notar la dilatación de las venas en su garganta recitando a borbotones las traducciones al español de un filósofo de la India.
Eso aceleraría mi carrera. Llenaría mis pulmones de tristeza y atravesaría el parque con los puños apretados, estrellándolos con violencia en la atmósfera.
Me concentro en la sendas peatonales. En el impacto sobre las rodillas. En las chances de evitar una muerte absurda, golpeándome la cabeza sobre el cordón que me separa de los autos.
Moriría pensando en él. En cómo se ríe sin mi (esa sonrisa maravillosa que me sé de memoria). En la muerte de mi nombre de pila en su agenda, cuando apenas comenzó el otoño.
Tomo aire por la nariz y lo escupo ensayando un silbido para perros. Comprendo que debo atravesar la calle de los silos. Adivino las distancias que sobran.
Una ambulancia se detiene a unos metros.
La gente muere cerca de los semáforos. Ahí donde se distrae.
Eso lo sabe también el que quiere explicarme este mundo.
A mi no me gusta nada.
Pienso que es una verdadera mierda.
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sábado, 20 de junio de 2009

Las metáforas no sirven para nada

en 14:58 11 comentarios

Junta los restos de los azulejos. Los pone sobre la mesa. Llora de una manera extraña, como esperando que aparezca la tristeza de verdad.
La tormenta pierde de la canilla y moja el aluminio. Ella no se detiene y elige una canción que vuelve a empezar con las luces apagadas.
Canta.
Descubre arrugas en los ojos.
Cierra la ventana.
Grita en el estribillo.
Respira la humedad del sábado.
Espera calmarse, dejar de temblar.
Se olvida la letra.
Mira hacia el comedor y descubre la ausencia del mantel.
Se pierde.
Busca entre la ropa de invierno.
Pone los brazos alrededor de su vientre.
Escribe en la pared del baño: “necesito a alguien con quien hablar”.
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jueves, 4 de junio de 2009

Deberías probar con otra marca

en 13:08 11 comentarios



Él le dijo a ella que le llevó 37 años encontrarla. Lo dijo delante de nosotros y en voz alta.
Fue maravilloso.
Habían pasado algunos minutos de la 1 de la tarde y ellos nos mostraban sus omóplatos agitados, tal vez por la emoción. O quizá por el viento.
Amplificaron su juramento frente a una mujer rubia con micrófono.
El río no representaba ninguna amenaza. Lo podíamos ver desde lo alto. Mi amiga y yo no coincidimos en la apreciación del color pero sí en su movimiento.
Se pusieron anillos de plástico. El de él tenía luces.
Ella tenía hoyuelos en las mejillas, pequeñas zanjas donde se desmoronaba su forma de llorar. Parpadeó una, dos, tres veces y le dijo: “Te amo, incluso mientras duermo”.
Y entonces aplaudimos la ocurrencia.
El violinista de la izquierda no alcanzó a atrapar la partitura y debió tocar de memoria.
Hundí el taco en el pasto y pensé en el amor. En lo incómodo que es a veces. En lo mullido y blando también. En la posibilidad de que el taco se hunda y se llene de barro. En eso de perder el equilibrio.
Hablé con mi amiga sobre la posibilidad de que los músicos desafinen al sol.
Ella me contestó que le parecía que había crecido unos centímetros antes de ponerse los zapatos y que ahora podía ver las cosas de otra manera. Y entonces dijo:

-El amor al mediodía es amor de verdad.

La miré.
Abrí los ojos y la boca.
Quedé así un rato.

Como 5 minutos.

Tal vez 6.

Después le pregunté:

- Por qué dijiste semejante pelotudez?

- Qué cosa?

- Lo del amor al mediodía.

- No sé… Salió así, qué se yo. Supongo que por los anillos de plástico.

Le sonreí a la moza que me ofrecía bruschetas. Y entonces pensé en Tupperware. En un envase gigante y resistente al microondas.
Un lugar donde pueda sentirme segura por un rato. Donde haya personas predecibles y además llueva cuando lo anuncien.
Donde las agencias de lotería sean un absurdo y los resultados de todas las cosas sean los esperados.
Donde la mejor amiga de la novia atrape el ramo.
Donde la cirugía de mis tendones no se interprete como el ensayo de un suicidio.
Quiero, por un rato, polímeros en la sangre en vez de glóbulos.
Y convertirme en un superhéroe irresponsable. Capaz de romper el plástico. Hacerlo explotar a la hora del postre y ponerme el sombrero.
Desfigurarme en el baile carioca cantando el estribillo en un portugués incomprensible.
Desentenderme. Y buscar el amor entre la gente que agita sonajeros en forma de ananá.
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