POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- No nos gusta su pelo.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Es muy difícil pronunciar su apellido.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Es mucho más difícil escribirlo y para una dirección de blog es complicadísimo. O sea, es anti popular.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Físicamente, Tenembaum lo tira a la mierda.

viernes, 9 de octubre de 2009

Adiós, mi amor (tambien quise llamarlo "si te he visto no me acuerdo")

en 10:13 13 comentarios
Pero cuando te olvidás de eso, de cómo nos reímos en la misma parte de la película, o de cuando nos intoxicamos en otro país o leímos un párrafo de Ford en donde no nos pusimos de acuerdo.
Eso pasa, pienso yo, durante el invierno.
Pero cuando se hace de noche y vos estás cansado y te dormís sin soñar. Y cuando viene la tormenta y se corta la luz y yo tengo miedo de la inundación y de la gente sin paragüas.
Bueno, hay que enfrentarlo, me digo.
Pero esa vez que me paralicé de miedo y embalsamé cada uno de mis órganos, vos, un perito inexperto, me diste por muerta. Y entonces dejaste de quererme y no me lo dijiste. Entiendo… quién le habla a los muertos?
Pero ahí ya no pude hacer nada, te juro.
Porque cuando pude curvar mi cuerpo hacia delante, vomité todas las palabras. Y en la parte de la cocina, donde están las alacenas, olía a esa misma muerte.
Y no quise cocinar por un tiempo. Ni escuchar determinada música. Ni mirar la única foto que tenemos juntos.
Y es gracioso, pero tengo que comprar servilletas. Las usé para llorar y para escribir acerca de vos tan lejos, tan profundamente lejos, tan inmensamente lejos.
Es verdad que escribí algunas malas palabras también. Una manera de corromperte. De convertir los restos en otra cosa.
Porque sé de esto. Aunque no sirva para nada. Sé más o menos cómo es el proceso.
Un día no me voy a acordar de las cosas que me decías antes de entrar en mí, o por ahí me confundo e invierto la parte en donde me nombrabas y le pongo otras palabras, las que decías adentro.
Y un sábado, mientras me pinte los labios no voy a saber si tu boca era más grande que la mía. No lo voy a recordar bien, y voy a fruncir el ceño y voy a entretenerme con el lunar y los compromisos de esa noche.
Sé que vamos a estar bien. Hoy por ejemplo, me saqué el traje de superhéroe y pienso arriesgarme, volar un poco y hacerme mierda, eso si es necesario, por supuesto. Qué te parece?
Hoy es un jueves de luces apagadas.
La gente prende la televisión y apenas habla con sus hijos. Pienso en mudarme o irme a vivir a otro país. Pagar impuestos en otra moneda. Pero te juro que no es para escaparme. Es por el poema de Girondo y por lo te dije antes, para volar un poco y dejar de acomodar los pies entre tanto pavimento.
Y además acá es primavera y apenas puedo con ella.
Y además de eso, vos en este mundo.
Desapareciendo.


Recomiendo leerlo con esta música de fondo o de telón o de lo que sea (porque sí)

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jueves, 8 de octubre de 2009

Una historia de amor

en 12:36 2 comentarios
Le dije que hasta hoy no había podido contar una historia de amor.
Eran las 11 de la mañana y yo no quería llorar por eso. Entonces revisé mis bolsillos buscando algo; luego me puse de pié y me acerqué al precipicio de hormigón que separa la vereda de la calle y ensayé una caída.
Me puse de espaldas y señalé la tienda de ropa y dije: qué hermoso vestido.
Él me miró sonriente por lo del vestido e hizo una mueca de tristeza por lo de la historia que no podía contar. Me preguntó cómo hubiera querido que sea. Por qué no escribía sobre eso.
Saqué a relucir las vocales: “aaaaaaaaaa es que no puedo escribirlo todo”.
Él, con el sol en la cara, largó la carcajada. Y me pidió que me acercara haciendo gestos con los brazos. Me apretó las mejillas con las dos manos, como un paréntesis entre las mandíbulas y me dijo: “no dejes que te pase eso. No lo hagas de nuevo”.
Busqué en los bolsillos otra vez. Le dije que llegábamos tarde a la fiesta. Que no tenia vestido y que me iba a comprar el de la vidriera.
Tiró el cigarrillo sin mirar a los costados, como si no le importara lanzar cosas encendidas en una ciudad vacía. Desplegó los dedos hacia los míos, hizo una trenza con ellos y me llevó de la mano entre los autos. Otra vez, como si no le importara.

Me puse el vestido y salí del probador ensayando una pose de Marilyn Monroe y él volvió a reirse.

- Esperá, que te saco una foto.

Buscó su celular en la campera. Lo empuñó hacia a mi.

- Reite, boba. Sos hermosa cuando te reís.

Me rei. Lo hice con ruido. Y puse mis manos en las rodillas y estiré el cuello hacia atrás.

- Comprátelo. Dale. Llegamos tarde.

Salimos de la tienda y caminamos en dirección al sur. Al sur de las cosas que no olvidamos. Yo tenía frio mientras él dibujaba su viernes en el aire. Trazó débilmente la manera en que dejó el maletín en el suelo y se dejó caer en el sillón. Contó cómo se quedó dormido, lo arrugada que había quedado su ropa, lo cansado que se sentía. Lo estúpida que yo era. Pero qué estúpida, qué estúpida.

- No me gusta esa palabra. Podrías usar otra.

- No hay otra… lo sabés.

- Yo ya no sé. Pero no importa, lo tuyo es solamente una opinión.

Seguimos caminando. Quedamos flotando en la peatonal entre los cestos de basura, pensando en algo. Yo al menos pensaba en los zapatos que me iba a poner, en el corte de pelo nuevo, en que no había tomado sol, en lo que sucedió hace unas semanas de noche. Cuando no dije. Cuando contuve las palabras en las amígdalas, convirtiéndolas en un grito; en una onomatopeya de la superficie de mi cuerpo, pero no de lo que había dentro de él, al nivel de la sangre. Ceros positivos contaminados por la hepatitis, lo único que no podía darle. Lo demás… lo demás era para él. Pero no pude decírselo.


- Y bueno, escribí mi historia de amor si querés… Yo te amo a vos y sin embargo jamás quisiste intentarlo.

- Que no te ame no quiere decir que no lo haya intentado. Ya te lo expliqué.

- Si, ya sé.

La fiesta era en un campo en las afueras; un verde intenso y exagerado decorado con manteles blancos y copas vacías.
La novia arrastraba el vestido con elegancia y el novio daba la mano con firmeza. El mediodía acentuaba las imperfecciones de los gestos.

- Ella es mucho más alta que él, viste?
- Si, boludo. Pero si los conocés, que venís a descubrir eso ahora?
- Es que me da risa… Vení, vamos a bailar

Y entonces él me guió de la cintura hacia donde la gente se movía y me sonrió burlón. Me hizo girar debajo de su brazo y me abandonó ahí, diciendo que tenia sed. La música ya no tenía importancia para mi. Me ví encajando de nuevo en una fiesta ajena, como la pieza que falta en el rompecabezas, como ésa que se pone al final porque no se sabe bien qué hace ahí, pero que completa la escena.
Bailé hacia el otro lado del jardín y noté la felicidad atornillada en los centros de mesa, en las figuras de plástico clavadas en la torta, en las mujeres debajo del árbol que abrazaban emocionadas a la novia.
Pensé en lo estúpida que mi amigo decía que era y en esa felicidad trillada de los casamientos. Me concentré en el hombre que amaba a una mujer más alta que él y en cómo la besó recién.
Nada, nada me pareció más hermoso.
Excepto él y sus pies durmiendo en agosto, en un hotel de Montevideo.
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martes, 6 de octubre de 2009

uno dos tres probando...

en 7:40 2 comentarios
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lunes, 5 de octubre de 2009

estoy escuchando cosas como éstas

en 9:40 2 comentarios
La hija del fletero, linda infinita
Volvió a Madrid, donde parece que es feliz
Ese día me mandó al descenso
Recuerdo cómo su mirada me volteó


Pero dos que se quieren, se dicen cualquier cosa
Ay ! si pudiera recordar sin rencor.


En mi buzón hay un par de cartas suyas
Fueron juntandose y no tengo el valor...
Todavía su amor me da descargas
(nunca tuvo higo seco junto a mi)


Pero a los ciegos no les gustan los sordos
Y un corazón no se endurece por que sí


No calentás la misma cama por dos noches
Me reclamaba y no la quise oír
Hice de todo por impresionarla
Y dejé huérfano todo su penar


Pero dos que se quieren, se dicen cualquier cosa
Ay ! si pudiera recordar sin rencor.


No me gustó como nos despedimos
Daban sus labios rocío y no bebí
Sopa de almejas es todo lo que como
(siempre fui menos que mi reputación)


Pero a los ciegos no les gustan los sordos
Y un corazón no se endurece por que sí

http://www.youtube.com/watch?v=-Z_vVVAg3Pg

(Cómo mierda se pone un video acá? eh?? Dejo el enlace igual)
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martes, 29 de septiembre de 2009

Rambo *

en 16:10 6 comentarios
Mira el noticiero y me dice de espaldas que ya no se puede vivir así, que mirá la violencia, que esto es la ley de la selva.
Le pregunto si estuvo una vez en una. Se pone de lado y me mira como si fuera una estúpida. Hace una mueca y vuelve el cuerpo a su posición original.
- Y? ¿Estuviste en una o no?
Esta vez no se da vuelta. Escucho que chasquea la lengua y murmura un insulto innecesario.
Pienso que la televisión le está pudriendo la cabeza. Se convierte en un animal cada vez que se pone delante de ella. Apenas le asoman las palabras que sabe decir. Hace sonidos como: Uh Uh Uh , Oh! Ah! No! Mmmm; después se rasca la cabeza y golpea la rodilla extendiendo el brazo hacia el aparato como demandando otro tipo de imagen. No sé… una de tiros.
Me concentro en lo doméstico. Pongo detergente del lado amarillo de la esponja; la exprimo entre los dedos hasta que sale espuma y entonces me doy cuenta de que la versión de la selva la sacó de las películas de Stallone. Esas en donde tiene una vincha roja y te mira fijo.
Imagino el mundo como él lo describe después de la 7 de la tarde.
Miro hacia la ventana y sigo el itinerario de los cables. Mi vecino se cuelga de ellos como si fueran lianas. No quiere pagar el precio de quedarse afuera de los canales codificados, tal vez no haya nada que le interese de esta urbanidad de veredas deformes y pronósticos reservados del clima.
Es que, de hecho, no es fácil la vida sin balcón. Asomarse es una tarea incómoda. Uno debe doblarse sobre sí mismo para saber si la farmacia sigue abierta.
Hago el ejercicio. Acomodo el ombligo en la cornisa y alcanzo a ver los semáforos de la esquina como palmeras incandescentes. Se me ocurre que los postes de luz son parte de la vegetación natural que esquivamos intuitivamente cuando buscamos un taxi.
Una mujer con ojeras aparece en escena cruzando la calle con el abrigo colgando del brazo. Confía demasiado en el otoño. Piensa que en mayo hay que llevar el abrigo como sea, que no es posible un clima tropical en esta época. Murmura: “Dios mío! Este mundo es demasiado inseguro para mi”.
Adentro de casa, Guillermo Andino también dice algo de la inseguridad y presenta la nota del secuestro. Pienso tanto en esa mujer desabrigada que me angustia.
La noche se adueña de la ventana y él me pregunta qué hay de comer.
Le daría bananas, pero pienso que no entendería la ironía. Él me cuenta que las cosas no están bien, que me fije lo que pasa en Buenos Aires.
Y entonces busco el cuchillo y lacero el puerro. Él insiste con eso de la inundación. Habla de una ola de violencia y de nosotros, tan desprotegidos con una sola vuelta de llave.
Rebano el tomate y dejo rastros en la madera rectangular.
Él habla otra vez de la selva.
Y yo quiero que se calle,
y prender la hornalla con un solo fósforo
y quemarme las uñas a propósito
sentir que estoy en peligro
y que me salve Rambo.


* txt publicado en la revista Atypica Número 35 (conseguila en tu kiosco!!!)
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ay! perdón

en 12:02 2 comentarios

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jueves, 24 de septiembre de 2009

Lo que él no le da (y lo que ella ya no necesita)

en 0:39 6 comentarios
Salí del trabajo vestida de violeta y me detuve en la esquina. Miré la avenida. Vi cómo septiembre se desesperaba sobre los autos. Recordé las estadísticas que dieron en la radio acerca del mercado automotor. El 90% de los compradores elige autos grises. Como si no quisieran desentonar con el pavimento. Pensé en miles de idiotas convirtiéndose en camaleones de ojos polarizados, escondiéndose de los otros camaleones.
No tengo nada en contra del color gris. Idiotas es lo primero que se me vino a la cabeza.
Debo decir algo más sobre esto. Hoy tuve un día difícil. Me desperté antes de que sonara el despertador, justo cuando se murió mi abuela. Horrorizada comprobé que había sido sólo un sueño. Ella sigue viva a cientos de kilómetros en un departamento de 2 ambientes, con esa cocinita donde hace buñuelos para nadie. Donde lee el diario en voz alta para nadie. Donde la piel se le pone cada vez más transparente, como un celofán, mostrándole sus venas a nadie.
Que mi abuela siguiera viva no era la única razón por la que mi día se había complicado.
Me preocupaba la bailarina del gimnasio de gradas azules. Había escrito ese relato un domingo a la madrugada y no podía despegarme de la sensación que tuve al escribirlo. Apenas podía ver la pantalla. Lloré de principio a fin mientras hundía mis dedos en el teclado. Borré la parte donde decía que los ojos verdes no tenían ningún mérito en ella. Que no había hecho nada para tenerlos.
Lo demás está escrito.
Pero yo quería decir otra cosa. Yo quería decir que me sentía cobarde esa noche por pensar en movimientos de fuga. Por querer que la bailarina se lastime los pies, que le salgan ampollas y se muera desangrada ahí, entre las gradas azules. Que en un mundo como éste alguien puede morirse un domingo de tristeza, y regresar el lunes a trabajar sin que nadie lo note.
Y que el hombre a quien yo le preguntaba si veía lo que hacía la bailarina con sus pies. Ése. Nunca la vio.
No se dio cuenta del asunto de los zapatos. No le dijo que su vestido era hermoso.
Ella le había dicho la noche anterior que solamente desnuda había podido tocarlo.
Por eso bailaba sobre el parquet. Nótese que elegí un piso como el parquet.
Pero él no pudo verla.
Él es un idiota del pavimento.
Un camaleón con ojos polarizados en primavera.
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domingo, 20 de septiembre de 2009

la bailarina del gimnasio con gradas azules

en 23:09 7 comentarios
Viste cómo hace ella con los pies? Cómo baila ahí, en el centro de ese universo de gradas azules?
Cómo estira el cuerpo hacia adelante y recita en voz baja una poesía?
Cómo dice: "voy a rascarme la piel debajo de la piel"?
Cómo grita cuando le duelen las manos y descubre los huesos de las falanges, los más chiquitos, los que se doblan fácilmente para que ella pueda cubrirse la cara y llorar ahí adentro, entre los dedos?
Deberías estar atento. Ella no está bien. Hace días que no está bien.
Se balancea. Estira el cuello hacia un lado y hacia el otro.
Hacia un lado y hacia el otro.
Pega un salto a lo largo, uno igual al de los atletas de las olimpíadas, pero con más gracia. Y cae.
Se sacude en el parquet y se detiene boca arriba, agitada.
Mira hacia el techo y no ve otra cosa que antorchas eléctricas iluminándole el vestido.
Despliega los brazos a los costados. Apoya toda la espalda. Recita otra parte de la misma poesía.
La escuchás? Podés oír eso del abismo? Hay una parte incomprensible, si. Pero en seguida continúa con lo del cuerpo. Dice que le quedan solamente los huesos y los órganos después de que él la llena de líquido en un grito.
Y entonces se duerme.
La ves dormida?
Sueña el drama de esa noche en la que se desbordó sobre el colchón y cayó en picada 1500 metros hasta la alfombra. Y luego aparecen esos hombres y esas mujeres a los que les acepta como un animal hambriento las sobras de los fines de semana.
Se dobla sobre sí misma, como un arte japonés, cuando le llegan las imágenes de lo que no acepta aún: que su madre esté enferma, que su hermana no le importe, que su útero no se llenará de hijos.
Ves como tiembla?
Se espanta.
Y entonces se mueve despacio. Primero se pone en cuclillas y después se iza a si misma con los brazos en alto.
Empieza a bailar. Da vueltas.
Ves entonces lo que hace ella con los pies desnudos?
Acaso ves los zapatos a un costado?
No los ves?
No?

No?
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lunes, 7 de septiembre de 2009

antes de eso y después de eso

en 0:35 8 comentarios
Una tarde, estando casada, corrí a la habitación donde mi esposo estaba durmiendo y lo desperté.
Me lancé al hemisferio izquierdo de la cama y empecé a llorar desesperadamente.
Él, aturdido, levantó su cabeza y me preguntó en voz alta qué me pasaba, por qué lloraba. Si alguien había muerto.
Yo le dije estoy tan triste, tan triste.
Él insistía con eso de la muerte de algún familiar o de un accidente fatal en la ruta. Eso me entristecía más.
Moví la cabeza de un lado a otro. La hice tambalear diciendo No varias veces. Entonces él me abrazó fuerte. Empujó mi cabeza contra su pecho al punto de ahogarme. Mi boca había quedado abierta y aprisionada en un territorio ajeno; apenas un agujero, una claraboya que arrojaba luz sobre la epidermis de un hombre conocido.
Corrió mi pelo hacia atrás, alejándolo de la humedad. Puso sus manos sobre mis ojos. Los arrasó, dejándome ciega. Y luego me dijo que ya pasaría.
Mi cuerpo sangró esa tarde. Una hemorragia púrpura llegó a teñirme los dedos de los pies. Y yo, tan llena de coágulos, subí al primer piso de la casa a juntar la ropa y ponerla en cajas de cartón.
Luego de eso, comencé a tener pesadillas. Traicioné cada una de ellas.
Poco después, tuve sueños. Que no se cumplan, ahora pienso, que no se cumplan no es el verdadero problema.
El problema es otro.
Pero no quiero decirlo.
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viernes, 4 de septiembre de 2009

Sobre Montevideo

en 10:02 1 comentarios
Giré la cabeza y noté los pies de él en los suburbios del colchón, a centímetros de perder las uñas en la alfombra. Su cuerpo es larguísimo y yo lo recorrí entero unas horas antes. Le puse la lengua en los omóplatos. La dejé ahí, estacionada en un lunar, mientras con el dedo índice acaricié su mundo desmayado de excusas y huesos.
En esa habitación de hotel (un hotel que ofrecía lustrarnos gratis los zapatos) la felicidad tenía los ojos hinchados. Esa rara inflamación en la manera de ver las cosas que tienen los turistas recién llegados. Habíamos sido amables con el color rosa en las paredes y la obsesión por los tulipanes. Exhalamos euforia mientras llenábamos los formularios de ingreso. Y teníamos hambre en el feriado y en nuestros apellidos. En todo lo que declaramos ser.
Montevideo tiene una ciudad vieja y otra más vieja aún. El primer día cruzamos la plaza y subimos una escalera, mutando en cenizas de ese espiral que nos llevó a una antigua habitación con una pila de libros que no podían comprarse. Allí pusieron unas mesitas con velas y dejaron que un hombre joven tocara la guitarra y le cantara a la mujer que no se fue.
Nos miramos con los párpados izados y pusimos la felicidad a remojar en la botella de cerveza. Una estrategia premeditada para que las cosas duren un poco más.
En los márgenes de esa eternidad y desde el revés de nosotros, asomó un suéter fucsia que abrigaba a una chica con el pelo ondulado. Ella comenzó a bailar e improvisar el estribillo junto al guitarrista. Y entonces caímos rendidos. Nos enamoramos de ellos por primera vez y unos minutos después, en la canción siguiente, lo hicimos de nuevo.
Pensé en las formas extrañas de la felicidad. En el vitreaux ovalado que fotografió unas 20 veces desde diferentes ángulos. En la comida demasiado condimentada. En el vino espumante. En los mozos que fuman mientras esperan al chef. En sus pies.
A él le sobran los pies. Se le salen del colchón como resortes que no resisten el peso de los dos.
En esta habitación el reloj está adelantado media hora y eso para la lluvia es indiferente.
No lo es para nosotros.
Y entonces él deja de soñar. Y se despierta.
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jueves, 6 de agosto de 2009

sobre ataduras

en 23:51 0 comentarios
Hoy quiero dormirme temprano.
Pero vos decis algo que me da insomnio.
Decís que somos como esos artistas del circo.
Contorsionistas, si.
Que somos eso.
Y te reís.
Y yo, como siempre, me rio.
Como si fuera vital para los dos que yo también me ría.
Decís otra vez, que somos asi.
Tan idiotas...
que nos atamos los pies para no escaparnos.
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sábado, 1 de agosto de 2009

Ejercicio sobre medias con corazones

en 12:52 1 comentarios
Rodeamos la mesa donde se desparraman las cajas de ropa interior. Las abrimos como si fuéramos a descubrir nuestra propia intimidad y nos desviamos en comentarios sobre el encaje y los corpiños con aros. Hablamos también de que no es lo mismo besar a alguien de esa manera, largamente. Que por algo las prostitutas no lo hacen. Luego dudamos de si realmente es así. Y reímos. Sí. Reímos sintiéndonos estúpidas.
Y unos segundos después se escucha decir a alguien (no sé si fue mi voz) que es mejor no buscarle la vuelta a las cosas que no giran.
La que tiene flequillo pone el acento en el color de una vedettina y me hace saber que no le queda bien en su piel. Yo reparo en las cosas que van con la mía. Me detengo unos segundos en la mujer que posa en el catálogo y cambio de tema. Son las 7 de la tarde y no he tenido tiempo en pensar en el día anterior, en lo que dije y en las cosas pendientes en la oficina.
“Me voy a probar todo esto”, aviso en voz alta imaginándome desnuda en la casa de otro. Esa extraña forma de sacarme la ropa en un territorio extraño, corriendo el riesgo de que se me ponga la piel de gallina y verme demasiado pálida frente al espejo. Culpo a las lámparas de bajo consumo por mi aspecto de moribunda. Sólo por eso. No por sentirme cansada o cobarde.
El sábado me guía a un pasillo en busca de la habitación con espejo, pero una voz preguntando por medias me detiene. Retrocedo como esos viejos cassettes y espío a la dueña de casa. Ella descarga una bolsa de consorcio en el centro de la mesa, plagiando una montaña con ciento de medias.
Observo cómo las mujeres hablan del invierno. De si las medias no deberían ser más largas. Del porcentaje de algodón. Del estampado. De que con corazones no. Con rayas mejor.
Abandono el presagio de mi desnudez e imagino un cementerio de medias al pie de mi cama. Pienso en la manera que tengo de abandonarlas durante el sueño. Froto los pies, lo sé. Y después las empujo hacia el límite del colchón. Las desarraigo de mí con lo que me queda de oscuridad.
Durante la mañana la búsqueda dura más o menos 5 minutos, mientras en la radio dan las noticias.
La del flequillo compra unos 6 pares. Todos rayados. Uno para cada día. Los domingos no usa medias. Porque no. Porque prefiere que así sean las cosas.
Vuelven al asunto de los corazones en las medias. Que no les gustan en los pies. Las dejan a un lado como deshechos de la montaña. Algo que finalmente merece desbarrancarse hacia un costado de las conversaciones sobre lo conveniente, lo absurdo, lo que no puede ser.
Siento el impulso de ir por ellas. De rescatarlas del mal gusto y los prejuicios.
Aturdida, avanzo hacia la mesa. A la altura de mis caderas choco con una cabeza rubia, de unos 5 años. Me muestra un robot articulado. Me dice que lo armó pieza por pieza. Que no tiene nombre. Le digo que lo llame “Roberto”. Me responde que así se llama su papá y me pide que juegue con él. Dejo lo que iba a probarme a un lado y tomo el robot. Le pregunto cómo hizo para armarlo. Él me ofrece crear otro ahí mismo. Me muestra una caja de piezas sueltas y empezamos a buscar una cabeza, dos brazos del mismo color, una coraza, las piernas - “no, ésta no encaja. Ésta es mejor, mirá ”- y los pies.
Paso el tiempo encastrando piezas de plástico. Exagero mi asombro. Elijo el arma del robot: una espada de luces azules que titilan y nos hace sentir poderosos.
El jardín de la casa me devuelve la noche. Caigo en la cuenta de que las mujeres pasaron a la cocina. El tema de conversación ahora es acerca de la actriz que tuvo un accidente.
Le miro los pies al robot que hicimos y siento el escalofrío.
No sé nada de las medias.
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