POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- No nos gusta su pelo.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Es muy difícil pronunciar su apellido.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Es mucho más difícil escribirlo y para una dirección de blog es complicadísimo. O sea, es anti popular.

POR QUÉ NO ZLOTOGWIAZDA?

- Físicamente, Tenembaum lo tira a la mierda.

lunes, 16 de marzo de 2009

F A B U L O S O

en 13:12 1 comentarios

Es sábado y los titulares de los diarios alertan sobre el cambio de horario. Una vez que den las 12 habrá que atrasar los relojes; y entonces el sábado seguirá siendo sábado por una hora más.
Llevo zapatillas mientras los edificios amarillos comienzan a virar hacia un gris metalizado. El alerta meteorológico está sobre mi cabeza, como agazapado, a punto de caerme encima. Tomo la decisión de no darle importancia.
El calor es intenso y da directamente en las heladerías. El plástico blanco de cuatro patas circunda la avenida; es el territorio indicado para una batalla implícita entre las lenguas y la crema derretida.
Cruzo por las sendas que me afirman como peatón en la ciudad y voy acercándome a la idea de que mi amiga me abrirá la puerta de su casa una vez que toque el timbre.
Sucede exactamente así.
Tiene una sonrisa maciza y simétrica (como si la hubiera fabricado mucho antes de salir a la calle) y necesita anteojos para verme. Me dice que tenemos que irnos ya mismo, que estamos bien de tiempo para llegar al recital.
Yo poseo una alegría contenida. No la dejo salir del todo por la boca. La mantengo cerca de los pies para que mute en una especie de biocombustible que nos lleve lejos.
La noche oscurece nuestra ropa y entonces una multitud comparte la misma expectativa; espera que aparezcan los músicos entre el hierro y la tela. Los ojos en par columpian entre las pantallas gigantes que exhiben un cartel que anticipa el ansiado aterrizaje de un hombre con guantes y bastón.
Vicentico canta una canción que habla del amor y sobre las veces que le toca perder. En el estribillo afina la imagen de los envases sin contenido.
Los tímpanos poseen una rara conexión con la rodillas, obligándolas a flexionarse una y otra vez, rebotando en la llanura con un ritmo preciso. Siento el vértigo en las partículas de segundos en los que permanezco en el aire. Me enamoro de la noche y suelto el pasado mientras escucho morir la poesía en los últimos acordes.
No hay tiempo para hacer el duelo, otra melodía hace metástasis en las gargantas. Y el mundo toma la forma de un resorte, una vez más.
Pienso en cada uno de los que estamos ahí: en mi amiga; en el hombre con remera roja; en la chica sobre los hombros de alguien que decidió soportar su peso para hacerla feliz; en el que canta a mi lado como si la afonía de mañana no le preocupara; en mi soledad, que a esta alturas es elegida.
La felicidad se hace palpable frente a los reflectores que cuelgan como estrellas sobre el escenario; la iluminan de manera violenta sobre nuestros gestos y no pueden con ella.
La lluvia trae la última canción y nos empuja hacia la calle. Me suelto el pelo para sentir la consecuencia del temporal en los hombros.
Entre los autos estacionados, una mujer sin paraguas levanta los brazos y se pone a bailar.
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domingo, 8 de marzo de 2009

Y entonces ve un corpiño rojo colgando del respaldo de una silla

en 14:24 0 comentarios

Sábado al mediodía: almuerzo de amigas. Ahora le dicen brunch a eso de comer desde temprano y levantarte y servirte-levantarte y servirte. Todo sano eh? Y rico. Ir a comer a un lugar donde hacen cosas con harinas integrales (no sabés qué tienen pero seguro que te va a hacer bien) es algo que te deja tranquila.
Una de las tres fue con el hijo. Pero es un hijo al que le importa un pito nuestra presencia y juega solo. Nada más nos pide que le hagamos un avión de papel. Pero lo hace una sola vez. Los dos aviones que hicimos fracasaron en su primer vuelo y él se dio cuenta rápido que no podía contar con nosotras en temas de diversión.
Liliana habla de la separación de un conocido por las tres. Él terminó demorado en una comisaría por una denuncia de ella. Conclusión: el tipo es un pelotudo y ella está loca. Verónica entonces cuenta otra historia de separación de una pareja que conoce ella sola. Nueva conclusión: él es un inmaduro y ella se fue al carajo cuando llamó a su ex suegro para decirle que pague el alquiler del departamento en el que ella va a vivir hasta que se venza el contrato; porque él es el garante.
Vero dice: ¿Y el ex suegro qué tiene que ver?
Y yo le digo: ¿Por qué te crees que la mafia mata primero a un familiar cercano?
Entonces no la juzgamos. Y pensamos que nosotras tres no haríamos eso. Que somos responsables de las relaciones que elegimos, etc. etc. etc. (todos etcéteras interesantísimos). Pero como dice el saber popular “hay que estar ahí”.
Y entonces Vero se despacha con una historia de infidelidad en la que ella estuvo. En un contexto de un franco declive de la relación, su novio de entonces quedó en llamarla el viernes y no lo hizo (los viernes de hace cinco años no muy eran distintos a los viernes de ahora).
Ella lo llama y le da el contestador. Se preocupa y decide ir a la casa. Desde afuera pudo ver las luces prendidas y todos los indicios de que había gente ahí. Logra ingresar al edificio y mira por el ojo de la cerradura. Y entonces ve un corpiño rojo colgando del respaldo de una silla.
Vero grita, golpea la puerta, putea, le dice: “abrimeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee que sé que estas ahí”
Hace un escándalo de grandes proporciones. Él le abre la puerta y le dice que está solo. Ella insiste en buscar a la dueña del corpiño. La encuentra en el baño y ambas se ponen de acuerdo rápidamente para culparlo a él.
Mientras lo cuenta se ríe. Dice que ella hizo eso desde un lugar de mierda, que incluso ya estaba saliendo con otro. Que fue perversa. Fue como arruinar la última escena de una película aburrida con un final trillado. Como poner a la protagonista en el aeropuerto a punto de embarcar y a él corriendo a encontrarla y con tiempo suficiente para hacerle una verdadera confesión de amor. Y luego los dos se besan. Y toda la gente que está en el aeropuerto aplaude; incluso los que hacen trámites a último momento y están re contra apurados. Y también aplauden sonrientes los oficiales de policía, sin descuidar sus armas. Y uno se pregunta ¿por qué hacen eso?
Bueno, lo de mi amiga fue más o menos así.
Entonces hablamos de lo importante que es ser sinceros con el otro y con uno mismo.
De entender que en esta historia uno va a perder tarde o temprano. Pero puede elegir la forma. Puede incluso elegir el momento. No hay por qué seguir jugando si no es interesante, si no te hace feliz.
Eso piensa Camilo, el hijo de mi amiga, que vuelve de algún lugar con los aviones convertidos en pelota de tenis. Le dice: “vámosno de acá, no da para más esto”.
Las tres nos reímos. Yo pienso que así es la vida; uno sabe bien cuándo las cosas no dan más.
Generalmente hay un momento, pongámosle a eso de las 7 de la tarde, cuando llegás a tu casa y abrís la ventana porque te parece que no podés respirar. Y la espalda se curva hacia adelante y sentís la contractura de tus preocupaciones. Tenés una foto en la cabeza, algo que te da el indicio de que es la última escena. Y pensás en la autopsia y los métodos que vas a usar para llevarla a cabo.
Te da miedo. Decís: “otra vez tengo miedo”. Hacés una mueca de resignación ante las evidencias. El smog se filtra en el suspiro y entonces sabés a qué se debe la pausa. Uno demora el momento por una sola razón: no es el cuerpo del otro el que hay que abrir. El estudio forense es en el propio. Tenés que reconocer las heridas, abrirlas y mostrarlas.
Decirle: mirá acá es donde duele.
Y después cerrás la ventana. No disponés de información suficiente sobre los solsticios ni de cuando va a empezar a bajar la temperatura.
Eso deja de tener importancia cuando escuchas a tu vecina salir de su departamento.
Ella llama al ascensor sin dudar un segundo de que va a obedecerla y que la va a llevar a donde ella le indique con el dedo índice.
Y eso es lo que finalmente ocurre.
Ves? Las cosas no son tan complicadas.






* Nota de la autora: la foto NO es ilustrativa. Sólo tenia ganas de ponerla.

De izquierda a derecha: yo, Natalia, Milena, Andrea y Walter. Grandes amigas/os y compañeras/os de laburo.
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domingo, 1 de marzo de 2009

PENELOPE

en 13:05 3 comentarios
Leo en una entrevista a la actriz española algo que me moviliza las pupilas y provoca la reacción de mis dedos buscando una lapicera. Penélope Cruz dice: “Yo tomo la vida como viene, de a un día por vez”.
Ella tiene 34 años y acaba de ganar un Oscar. Es la primer española premiada en Hollywood y da la sensación de que estaba predestinada a ello; como si ese premio fuera algo que le vino con la vida, como una mancha de nacimiento o algo así. Y entonces ella tomó el desnudo dorado y dio un discurso de agradecimiento que ya había redactado antes; también, como si la vida la hubiera preparado un día para escribir discursos por las dudas.
Penélope no me termina de caer bien. No sé por qué. Tal vez sea envidia. La verdad es que no lo sé.
El viernes salí temprano del trabajo y tomé la avenida Córdoba con mis compañeras de piso. Nuestro uniforme es decente y goza de buenos colores. Una camisa lila, pantalón o pollera de un azul sobrio con unas líneas suaves más claras. Los zapatos los ponemos nosotras.
Es pintoresco ver mujeres regresar del trabajo vestidas iguales. Es como el cochecito doble con los mellizos, o los hombres elegantes con credenciales colgadas. A mi suele gustarme ver algo de eso. La vida no viene así, generalmente.
Caminábamos por la vereda impar comentando una película de Woody Allen que me había gustado mucho: “La vida y todo lo demás”. Ahí no actuaba Penélope. No había lugar para ella.
Y entonces alguien me llama con una sonrisa y alcanzo a reaccionar con sorpresa. Él había cruzado la calle para saludarme y yo no había reparado en ello hasta que puso uno de sus zapatos en el cordón de la vereda.“Te venía viendo de lejos”, dijo. Nos dimos un beso y empezamos a hablar. Las mujeres de lila continuaron el camino comprendiendo la situación. Suponiendo que dejándome sola ahí cambiaría mi vida. Que lo que me estaba pasando era algo bueno para mi futuro. Que si él cruzó la calle es porque me quiere.
Fui amable y graciosa. Suelo ser así.
Le conté varias emociones vividas en la semana y él hizo lo mismo. Pero no había nada entre nosotros. Yo busqué entre su camisa a cuadros y mi uniforme algo que nos uniera. Pero no encontré nada. Evitamos hablar en plural. No nos detuvimos en la hora y el día en que dejamos de llamarnos. Y pensé que eso era parte del cuento.
A eso de las 7 de la tarde no había más que decir, entonces nos miramos con ternura (es desgarrador cuando aparece sola, cuando no hay más que eso) y nos abrazamos.
El dijo “nos vemos", y esta vez no respondí. Porque eso es lo que no pasó. Él no pudo o no quiso vernos. Yo sí. Yo nos vi juntos; invencibles. Y lo cierto es que hacía años que yo no veía algo parecido. La soledad me vino de regalo en la secundaria y los sábados era interrumpida por un paseo hacia la heladería o la ilusión de conmoverme con una noticia que me diera la oportunidad de pegar el salto o ser famosa por algo que nunca supe hacer, ni hice.
Desde ese entonces seguí la recta hasta que caí en picada. Con el tiempo supe que la cosa no pasaba por subir y retomar el camino. Comencé a andar, a tomar decisiones como elegir una lámpara colgante con personalidad pero barata, pintar de rojo una pared, comprar un sillón negro, buscar el cuadro de Marilyn que no está en el catálogo de este año, y esas cosas.
Él me propuso algo que no tenía que ver con mis deseos. Me hizo una oferta y yo decidí no aceptarla. Porque a mi no me viene la vida como a Penélope. Ni como a la Srta. Cruz y mucho menos como a la de la canción de Serrat.
Y eso es porque yo no quiero tomar las cosas tal como se me presentan. Para eso está la muerte o los accidentes. Los velorios dejaron de ponerme nerviosa cuando comprendí que eran el escenario para no aceptar que no hay más allá de eso. Que si ponemos el cuerpo en un cajón y le pegamos los ojos y la boca va a parecer que duerme y que su alma se eleva. Pero podríamos quedarnos a esperar un poco más y sentiríamos el olor. Y eso es lo que no soportamos de ella: la consecuencia natural.
Pero para mí la vida está para otra cosa. Y es eso lo que intento hacer. Él no puede verme si no es en la calle, con negocios de ropa rodeándome y de uniforme.
Yo pienso que es una lástima. Y entonces me alejo en la dirección contraria. No puedo evitar culparlo por lo que no fue. Cuando decidimos algo, arrastramos a otros, nos guste o no.
Llego a casa y recuerdo algo que me dijo en el ala derecha, cerca de la biblioteca. Pienso en lo que vociferamos y en lo que hicimos después. No puedo calcular claramente los kilómetros de distancia.
Cruzar la calle es lo único que él está dispuesto a hacer por mí. Así están las cosas.
Me río y tomo agua directamente de la botella de plástico. Trago los dos litros sin respirar, concentrándome en su capacidad desintoxicante.
Esa es la manera que tengo de sacármelo de encima.
Algo de él se diluye con el agua.
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viernes, 27 de febrero de 2009

El mejor amigo de la milanesa

en 0:22 4 comentarios
El fin de semana pasado fui en busca de la gente que creció conmigo. El cumpleaños de Simón (uno de mis sobrinos) fue el motivo para recorrer los 140 kilómetros, llegar a San Pedro y encontrar las cosas en su exacto lugar. Justo donde las había dejado en navidad. No hice juicio de valor sobre ello.
En el cumpleaños me encontré con Pablo, un ex compañero de primaria. Un tipo, que a todas luces, podría ser el candidato ideal para cualquier mujer: es huérfano.
Pablo recuerda siempre que yo lo maltrataba en la escuela. Y lo hacía mientras formábamos la fila para entrar al salón. A mi se me daba tomarlo del brazo y flamearlo como a una bandera mientras le decía: “Pablo Pablo Pablo“.
Yo recuerdo eso y aún no sé por qué lo hacía. Me avergüenza un poco.
Una vez terminada la primaria, tomamos caminos diferentes. Pero por esas cosas de la vida él se hizo muy amigo de mi hermano mayor y entonces lo pude ver en situaciones muy traumáticas y dolorosas de nuestra familia. No hubo muchas, pero él acostumbraba a llorar por nosotros.
Mientras robaba caramelos masticables de una canasta (tengo debilidad por los palitos de la selva) Pablo empieza a contarme su negocio de pan rallado.
Trovati, su tio, se lo ralla.
Junior, su asistente, lo mezcla.
Antes lo hacía Trovati, pero los clientes se quejaban. Eso empezó a preocuparlo; pero no pasó mucho tiempo hasta que una tarde, mientras regresaba de la escuela rural donde enseña economía, el sol dio de lleno en la cabeza de Junior, que volvía a la ciudad con él. Y entonces Pablo interpretó eso como un mensaje divino. Ahí nomás le dijo: “Junior, vos tenés un gran futuro, me vas a mezclar el pan rallado“. Y no se equivocó. Junior mezcla el pan rallado de una manera asombrosa; siempre parejo, uniforme. Y los clientes ya no se quejan.
Pablo vende una tonelada de pan por mes. Dice que su pan es el mejor amigo de la milanesa. Que dura más de 8 meses si lo guardás con la bolsa bien cerrada. Que eso se lo dijo el viejo Alvarez, que es químico.
No vende solamente en las panaderías, también lo vende a las fábricas de pastas, que lo usan como relleno junto con la ricota; y a las carnicerías, donde rellenan los chorizos.
Él se encarga del reparto. Le gusta mucho, dice. Antes de emprender la recorrida, ingresa a una web donde actualizan los números de la quiniela. Es un servicio adicional que presta a sus clientes. Todos son timberos hasta la muerte, asegura. Incluso él se permite aconsejarle algunos números.
Escucharlo a Pablo es mágico, además de divertido. Su negocio de pan rallado lo entusiasma y piensa en extenderse más allá de Santa Lucía (un pueblo muy cerca de San pedro). Piensa que para fin de año llegará 2 kilómetros más hacia el Este.
Nos reímos. Decimos que pronto la bolsa de pan rallado cotizará en Wall Street.
Nos volvemos a reir.
Yo le pregunto: ¿Pero a donde pensás llegar con este negoción?
Y él, rápidamente, como un reflejo, casi pisándome la n, me dice:
- A fin de mes.
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martes, 24 de febrero de 2009

me gustan los de naranja

en 8:46 8 comentarios
Hay lugares y momentos (generalmente ocurre por la mañana) en donde el mundo se me revela absurdo.
Y entonces me quedo esperando que alguien me diga -alguien en quien yo confíe y considere lo suficientemente lúcido y material- de qué se trata todo esto.

Hoy no veo por qué yo debería ir a trabajar.
O por qué quedé con el plomero para que venga a ver las cañerías.
O por qué no decir determinadas cosas dolorosas a determinada gente.
O por qué mierda no me saco de encima el salvavidas.
El viernes me dijeron que estaba muerta de miedo.
Es verdad.

Tengo miedo.
Ustedes no tienen miedo?
Qué hacen cuando lo ven venir de frente y los toma por las piernas y no sienten los pies... y entonces se quedan quietos?

Es un dia difícil.

Hoy me siento cobarde. Y además me comí 14 caramelos masticables.

La autodestrucción tiene la textura de celofán con una fruta impresa en el frente.
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miércoles, 18 de febrero de 2009

L A L O

en 11:06 6 comentarios
Cuando las cosas ya pasaron. Cuando uno da vuelta la cabeza, pone la nuca al revés y la mantiene del un lado inesperado, empieza a considerar el mundo de otra manera.
Uno dice como Alejandro Sanz: “No es lo mismo”.
También dice: “pero entonces... no era como yo creía”.
Y entonces es un quilombo.
Porque resulta que ahora uno “creía” y antes no.
Ahí es cuando comienzo a pensar que los adultos nos hemos vuelto estúpidos.
O tal vez, cierta clase de adultos.
Prendo la tele y veo a Lalo Mir en su casa de Buenos Aires. Siento que es como mi hermano porque nacimos en el mismo lugar. Pareciera que el “pertenecer” al mismo territorio me da más derecho de quererlo e incluso de compartir cierta manera de ver las cosas. Él tiene unos 20 años más que yo, pero hemos transitado ciertos lugares comunes: fuimos a la barranca de San Pedro a juntar arcilla para los experimentos de la escuela; jugamos ahí a las escondidas y tal vez nos descubrieron demasiado rápido; anduvimos con la “multiuso” por calles de tierra, cerca de la escuela Normal y escuchamos a Pepe Benseny, el locutor más famoso de la única radio que existía en aquellos tiempos de fotos en blanco y negro.
Me entero que Lalo tiene 3 hijas, que le gusta cocinar, que come un sándwich muy curioso con queso, aceitunas y papas de copetín entre panes de salvado.
Y veo que tiene una casa muy linda, que es divertido y que además se le nota desde el cristal de mi TV de 21 pulgadas que ama lo que hace, que dice lo que piensa y que sonríe porque tiene ganas.
Y entonces pienso en los adultos como yo, que rondan los 30 y pico, que se sienten derrotados en varios aspectos: el trabajo bien, pero deberíamos ganar más; nos gusta hacer cosas que perpetuamos como hobby así no nos comprometemos en trabajar en ellas y ser buenos; no tenemos hijos, ni pareja, sentimos que el mundo es una mierda y que es demasiado tarde para transformarlo en algo bueno. Decidimos flotar en las baldosas, esquivar las cacas de perro, putear a sus dueños cuando no están, practicar la cobardía urbana de no entrar en un local de ropa para preguntar el precio. Ir por el mundo chequeando la hora en el celular, llegando tarde a cualquier lado.
El calor hace todo más difícil, es cierto.
Las crisis de todo tipo, la de los americanos, la nuestra, la del campo, la de Cristina, la de Nazarena, la de Disney, la de Donald (Trump) nos afecta de la misma manera violenta. Nos oprime, nos hace sentir inseguros.
Y lloramos cuando nos duchamos.
Pero Lalo Mir aparece otra vez después de un par de publicidades muy muy creativas, dejando que la chef (que tiene una gran personalidad) le abra la heladera y mire que tiene manteca, embutidos, comida en viandas, gaseosas light y huevos.
Eso, tiene huevos.
Perdió el miedo e inventó un mundo sonoro. Hizo cosas maravillosas en la radio y es muy respetado entre sus colegas y los oyentes. Pero no sólo por lo bien que le salió. Sino porque lo hizo.
Y los adultos como yo permanecemos del otro lado del televisor envidiando eso. Teniendo miedo, sosteniéndolo en las falanges, escarbando las uñas para que no se vea la mugre, sintiendo el escalofrío propio de quien se da cuenta de que tiene que detenerse ahí y avanzar.
Si estamos acá y él allá, es por el recorrido.
Deberíamos darnos la chance de rondar precipicio, de evitar la seguridad de los semáforos (nosotros, muy idiotas, creemos que nos garantizan el paso), de caminar lento con zapatos sin plataforma. Inventarnos un lenguaje callejero y ecológico, que funcione con la luz solar y sólo cuando estamos en la intemperie, que nos obligue a salir de acá, de ahí, de eyectarnos de la posición sentada y cómoda del espectador...
Dejar de especular de una vez por todas
y llamarlo
y decirle que lo amo.
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domingo, 8 de febrero de 2009

lo que no pueden predecir los metereólogos

en 21:54 7 comentarios
Le doy la espalda al aguacero. Alcanzo a oír gritos adolescentes y corridas. Imagino mujeres pequeñas de remeras elásticas y zapatillas de tela buscando con desesperación un lugar donde burlar a la lluvia. Como si ella apuntara directamente a sus cuerpos; como si se lanzara con el fin de desteñirles el pelo o inundarles las medias.
La temperatura descendió sobre mí abruptamente y la compañía de luz ha decidido abandonar a su suerte las luminarias de la calle. La lluvia trae con ella una oscuridad mineral.
Adentro, yo no puedo más que respetar la forma en que cae el agua. Siento que no hay una cosa más auténtica esta noche.
Derramo mis extremidades en el colchón. Tomo decisiones mientras permanezco horizontal y excéntrica.
Habrá personas que no veré mañana. Caigo en la cuenta de lo frágiles que se han vueltos las cosas; vuelan en pedazos atravesando la epidermis y dejo las astillas adentro para que hagan lo suyo.
No me preocupa el dolor, sino el insomnio, el interrogante en la mesa de luz, la parálisis de los miembros inferiores y las comedias estúpidas en el cine.
La tormenta se endurece y apaga las luces del edificio. Nos trae la oscuridad. Nos la mete de prepo en nuestras casas. Mis vecinos comentan entre ellos, prenden velas, desenchufan los artefactos, hacen reclamos, se ponen ansiosos al teléfono, planean poner luces de emergencia y esperan que la luz vuelva lo antes posible. Dicen que el viento amenaza con volar las celosías y temen que el agua moje los adornos de porcelana.
Me detengo en las conversaciones del pasillo. Ellos preguntan si yo estoy. Si habré cerrado la ventana. Hablan de mis horarios de llegada y se equivocan cuando describen lo que hago en el trabajo.
Sonrío sin hacer ruido.
Hoy llueve dentro de mi.
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jueves, 29 de enero de 2009

ELLA SABE BIEN

en 10:08 6 comentarios

Dice que las cebollas la hacen llorar. Le dan pena. Las sentencia con el cuchillo y con ciertas definiciones. Afirma que son tubérculos previsibles. Ella sabe que habrá una inundación cerca de las mejillas. Detendrá el avance con los nudillos, antes de que le llegue a la nariz.


- ¿Sabés cuándo me sorprenden? Cuando están podridas. Ahí me ponen incómoda. Y nunca se pudren parejo… ves? –me muestra una cebolla color beige- Esta es la definición más exacta de la agonía… así como te lo digo.


Y lo dice con la contundencia de quien padece una enfermedad incurable. Alguien que te habla por última vez sobre algo, como esperando que se convierta en una verdad irrefutable. Pienso que es parte de su rutina, al menos una vez al día vocifera una hipótesis exagerada acerca de la naturaleza de las cosas.


-Esto de los alimentos transgénicos me cambió todas las metáforas…


Se ríe esperando mi aprobación. Yo la miro y asiento. Podría discutir con ella ahora mismo. Hablarle de lo que para mí es la agonía. Pero me quedo entre la cocina y el comedor, olfateando los alimentos que ella prepara con una habilidad asombrosa.


- Mirá este tomate… es tan rojo y brillante que puede adivinarse la marca del fertilizante.


Intento ver la marca.

No puedo.


- ¿Vos como estás?

Le cuento que me cuesta dormir últimamente. Que estoy buscando la manera de cocinar sin fuego. Que ayer hablé por teléfono con 8 personas distintas. Y que la luna no es un satélite que me interese entre los edificios.


- Vos no te das cuenta todavía. Pero la vida se te filtra por los costados. Salpica hasta cuando te quedás quieta. No quiero escucharte mañana diciéndome que odiás la combinación de los colores de los taxis. Cualquier cosa que te lleve a algún lado te parece terrible.


Pienso que muchas veces tiene razón cuando habla de mí. Pero no me gusta que me lo diga. Podría callarse.


- Igual, te vas a dar cuenta. Veo que ahora te vestís con colores fuertes. Y ayer cuando estabas frente al espejo, noté que sonreías. Si hay algo que siempre valoré es que sabés reconocer a los moribundos. Y no te viste.


Le pregunto si quiere que vaya a comprar helado para el postre.


- Muy buena idea. No compres sambayón. Es horrible.


Eso es otra verdad que ella dice.


Tomo las llaves y elijo las escaleras que me llevan abajo. Mi cuerpo está vestido de rojo y desciende a un pasillo intermitente. Recuerdo las cebollas podridas arrojadas al cesto de basura. Ella no se equivoca. Reconozco a los moribundos; sé cómo caminan y atraviesan las avenidas. Los veo aplastando las baldosas con zapatos cómodos y obedeciendo los semáforos, incluso a las 3 de la tarde. Yo fui uno de ellos mucho tiempo.

Pido chocolate amargo y vainilla. Me río de la combinación de colores.

Ella se va a dar cuenta.

Manipulando un poco las cosas, diría que llevo un taxi helado en telgopor.
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miércoles, 21 de enero de 2009

uff!

en 9:37 8 comentarios

Ya ves, no soy arquitecta. Apenas puedo meterme en la casa que otro construyó y vivir con unos pocos muebles.Es difícil para mí a esta altura. No dejo de compadecerme y cuando se hace de noche ya no sé bien qué hacer.
Estoy preocupada por las cosas que pasan fuera de mí: el calor, la crisis económica, el clima de Mar del Plata y la sequía en el campo.
Todo me confunde y me lleva a las orillas; ahí donde las cosas son de una manera u otra depende del paso que uno de.
Sin embargo, el miedo no me hace temblar. Me vuelvo una estatua viviente, de esas pintadas de blanco que vegetan en la peatonal. La parálisis es vertical, desde el cerebro a los pies y me hace sentir estúpida.
Me pregunto qué debería pasarme para ejecutar el primer movimiento; uno que se parezca a un paso de danza. Pegar un salto abriendo las piernas en ángulo y considerar el desgarro muscular como una consecuencia. Concentrar el dolor en los gestos y llevar los brazos hacia delante, como una aficionada.
Planeo una sonrisa anticipadamente. Antes de que las cosas empiecen a suceder. A dos horas de que abran los supermercados y los centros de pago rápido.
Estiro los labios hacia los costados y reparo en las manos; las venas poseen una elevación extraña, como queriendo salirse.
Me pregunto cuantas cosas conservo aún, innecesariamente.
Tomo el libro con el resto de las arterias que buscan permanecer dentro de mí. Decido continuar la lectura de ayer. El protagonista es un hombre de unos 40 años que se ha conformado con cierta idea apaciguada de la vida. Amortiza la resignación desde la fecha de la primera edición. Uno comienza a leerlo desde ahí y sabe que él va a hacer “lo que puede” con su trabajo, sus hijos y su ex mujer. Pero no pasará nada extraordinario.
Retomo en la parte donde habla de los turistas.
En el medio del viaje, me doy cuenta de que me equivoqué otra vez. No sé nada sobre Frank. Tampoco sobre mí.
Algo inesperado provoca el primer movimiento. Raspo con el dedo índice los restos de una mosca disecada que murió aplastada en la página 37.
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miércoles, 14 de enero de 2009

LO QUE SE TRASLUCE

en 9:57 4 comentarios
Hay un vidrio roto enfrente. Está más o menos a la altura del 5º piso. No he visto personas espiar detrás de él. Hay ciertas heridas a las que nadie se asoma.
El cambio de horario hace estragos adentro. El sol da de lleno en las paredes y en el único vegetal que resiste en el florero; lo atraviesa de manera desprolija y se queda largo tiempo, como esperando atardecer en las persianas.
Emma vomita una canción triste desde el minicomponente. Lo hace maravillosamente. Y entonces lloro.
Me compadezco de mí misma, de las buenas intenciones, de las noticias que he recibido en la semana. Alguien llamó a mi teléfono y me dijo que se murió un ser querido suyo a las 4 de la tarde.
La muerte vagó por los tímpanos y se perdió por ahí. Dicen que hay laberintos.
Durante la noche entristecí de manera inexplicable.
Quise contárselo a él, pero… ¿de qué manera? Sólo nos vimos cuatro veces.
Una mañana desperté y me dijo “estoy acá”. Tal vez haya percibido mi soledad; el peso de ella sobre su cama.
Pienso que hay una forma de voltear mi cuerpo, ponerlo patas arriba y enlongarlo hasta tocarme las puntas de los pies.
Siempre siento el dolor en el ombligo. Él me hace falta justo ahí… todo un sarcasmo a mi narcisismo.
La ventana lindante al vidrio partido tiene cortinas nuevas que se mueven con el viento. Un cuerpo pequeño se trasluce. Corre como escapando de algo o de alguien y entonces desaparece.
Sostengo los párpados entre las manos. Voy a morirme sin tener hijos.
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viernes, 9 de enero de 2009

mas o menos me siento así

en 8:32 1 comentarios
Estoy leyendo "El día de la Independencia" de Richard Ford. En la segunda página hay un párrafo que dice así:


Un hecho triste, claro, de la vida de los adultos es que uno ve cosas a las que nunca se adaptará que le apuntan desde el horizonte. Uno las ve como los problemas que son, uno se preocupa tremendamente por ellas, hace previsiones, toma precauciones, realiza ajustes; se dice a sí mismo que cambiará el modo en que hace las cosas. Pero no lo hace. No puede. En cierto modo, ya es demasiado tarde. A lo mejor incluso es peor: a lo mejor lo que se ve acercarse desde lejos no es lo auténtico, lo que asusta, sino sus repercusipnes. Y lo que uno teme que ocurra ya ha ocurrido. Es algo parecido a darse cuenta de que todos los grandes avances recientes de las ciencias médicas no nos serán de ninguna utilidad, aunque nos alegremos de ellos, esperemos que tengan a punto una vacuna a tiempo y pensemos que las cosas todavía podrían mejorar. Pero también es demasiado tarde. Y así se desarrolla nuestra vida antes de que nos demos cuenta de ello. Y se nos escapa. Ya lo dijo el poeta: «El modo como se nos escapan nuestras vidas es la vida.»

Estamos de acuerdo, me parece. Tal vez uno lee solamente para corroborar que tiene razón ja!
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lunes, 5 de enero de 2009

Justo detrás

en 23:21 5 comentarios

En el montón resiste una instantánea de una felicidad que no recuerdan. Cuatro cuerpos púberes y abrazados en orden aleatorio.El más chico ensaya una pose de primate; es el único que está descalzo.

Los otros tres sonríen mirando a una sola dirección, hacia un artefacto que les promete permanecer allí para siempre. Ellos no habían reparado en la mesita de luz, ni en los cubrecamas floreados. Llevaban enero en la ropa y en las rodillas flexionadas.

La de rayado era la única que no tenía flequillo pero ya usaba corpiño y sus piernas eran las más largas del barrio.

El de la izquierda conservaba la distancia del hermano mayor. Era alcanzado por un último abrazo y asumía toda la responsabilidad sobre su muslo derecho.

El mono tenia hoyuelos en las mejillas.

Del otro lado escribieron una fecha: 01/1983.


Justo detrás de mi cabeza.
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