y
teníamos una bicicleta con respaldo, muchas muñecas, un juego de té, platos viejos, una cocinita donde mi hermana y yo éramos familia, donde al mediodía interrumpíamos el juego para almorzar, dormir la siesta, hacer los deberes, pelear por cualquier cosa que nos enfrentara y nos pusiera a distintas alturas de la alfombra.
No voy a mirar atrás e imaginar pisos flotantes sobre las baldosas y esconder debajo del pegamento que fui adolescente de una madre enferma que llegaba a casa después de trabajar todo el día en el Banco Provincia de Buenos Aires
y
lloraba en la habitación que tenia aire acondicionado. Y que esa habitación además daba a la calle de los jacarandaes y tenía una cama con una almohada de plumas que mamá abrazaba más que a papá; y también había un reloj despertador de plástico, dos veladores encima de las mesitas de luz, una repisa, el televisor y una pared con humedad, llena de esas cosas que se pierden y se pegan a la pintura. Hongos de todas las tardes.
No voy a cambiar de conversación cuando alguien propone hablar de las malas cicatrizaciones y los queloides y hacer de cuenta de que no conocí a un chico en el club
y
hablamos del clima, jugamos al voley, hicimos trenzas con los dedos, nos besamos en los parques más oscuros, me hizo el amor por primera vez en un Ford Falcon rojo, manchamos el asiento trasero, quitamos la sangre con esponjas y detergente, esperamos que yo sanara, lo hicimos muchas veces más, vivimos juntos, nos casamos, discutimos, le dije todas esas cosas que le dolían, perdí un hijo, dejé de quererlo y me fui de casa.
Pero tampoco voy a negar que el mundo me asusta, que tengo miedo
y
que por eso miento, digo la verdad como si lo fuera, me siento estúpida a veces, pongo los pies en el respaldo del sillón, escucho la misma música durante días, fantaseo con algunas posiciones de mi cuerpo, con su memoria de madrugadas y ventanas abiertas y palomas perdidas.
No pienso pasar por alto que pego folletos de otros países sobre los azulejos del baño
y
que espero milagros en el barrio, un derrumbe en cadena de balcones sin enredaderas, un cielo extremo sobre los edificios, una lámpara que lleve cien años prendida, y los taxis azules como lagos.
No.
No voy a hacerlo.



